NOS VEMOS MUY PRONTO

Murió la abuela, la madre, la bisa y la suegra; y todos los nietos, los hijos, los bisnietos, las nueras y yernos lo sienten como si se abriera un manantial de llanto y dolor en su interior. Siempre hemos vivido con un miedo profundo de que esto sucediera. No está ella que sería la que nos animaría en este momento y le quitaría hierro al asunto. Aparte del dolor, hay agradecimiento infinito, como no puede ser de otra manera, hacia la persona que ha hecho que todos estemos vivos aquí hoy. Respirando, llorando, amando y pronto riendo.

La queremos tantísimo, y se lo dijimos siempre que reunimos el coraje para hacerlo. Ahora me parece ridículo el hecho de que decir estas cosas me de vergüenza.

Llevamos en la memoria esos paseos por el Retiro. Algo de ella siempre estará en la Montaña de los Gatos, o nos la recordará viendo los patos de de la casita del pescador, o cuando vayamos a tomar un cafetito en cualquiera de los puestos junto al o del lago. O cuando entremos a la Casa de Vacas a ver alguna exposición o a escuchar un concierto.

Durante el paseo se fijaba en detalles como en que había muchas nubes en el cielo, que la Carnicería estaba cerrada y se encontró a un par de esas personas que estaban en el mismo lugar todos los días.

Victoria dice que antes de tumbarse le preguntó si mañana iba a llover y rezó como rezaba todas las noches.

Hizo, a su manera, lo que le dio la gana. En los últimos años nos lo dijo bien clarito. Tenía ganas de volver a hacer su vida habitual, de poder salir y pasear sola. Estamos  seguros de que ahora, por fin, ha vuelto a hacerlo.

Eligió irse antes de tener que depender de nadie. Eligió no molestar, no preocuparnos, reservarse su dolor para ella porque todo lo que compartía era optimismo y buen humor.

Ella sabía que en cualquier momento iba a cambiar de butaca para seguir viendo todo esto desde el cielo. Una vez me dijo que lo más importante para ella era Dios y su fe. Ahora ha vuelto al origen, al río original del que brotamos todos los afluentes. Seguro que su alma se ha expandido de nuevo y ahora está tranquila sabiendo todo lo que ha construido aquí y con la satisfacción de que fue capaz de ganarnos a todos al Rumicú.

Nos deseó – a la familia – que encontremos la fortaleza y la sabiduría que requiere seguir su legado. Fortaleza para sostener lo que la vida nos traiga y sabiduría para poder ver el lado bueno de las cosas y las personas. Deseó, de corazón, que sepamos ver lo verdaderamente importante, que le concedamos el último favor de no discutir entre nosotros ahora que no está ella para sacar cualquier tema de conversación alternativo y hacernos pensar en otra cosa.

Gracias, abuela, por ser y estar, siempre. Por recibirnos con tanta alegría cada vez que íbamos a visitarte y decirnos lo mucho que te gustaba vernos.  Por encontrar una forma de querernos a través de gestos pequeños, con almohadas y colchas a la hora de la siesta – en enero o en agosto – y comprarnos los dulces blancos de limón que te costaban una fortuna.

Qué suerte que aquel día hace muchos años, en Salamanca, paseando por el campo, el abuelo mirara a lo lejos y preguntara a tu hermana: “oye, ¿esa de ahí quién es?”

Te queremos, estoy segura de que lo sabías. Te recordaremos con una sonrisa, proponiendo una rifa en el momento más inesperado y tejiendo una bufanda infinita para abrigar a todos los que nos quedamos.

Nos vemos muy pronto.

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