ESTABILIDAD DEL MATRIMONIO

El divorcio o la separación de la pareja puede ser una liberación, pero también suele ser un trauma, al menos para un miembro de la pareja, normalmente para sus hijos menores de edad, e incluso puede serlo para ciertos allegados.

La separación y el divorcio como ruptura vincular en un primer momento puede aparecer un sentimiento de liberación por la decisión tomada o por haber decidido solucionar un problema insoportable o por haber dado un paso decisivo hacia un nuevo camino.

Pero la duda e incertidumbre, la sensación de haber fallado o la culpa en su caso, generan desazón y un profundo sentimiento de pérdida. La sensación de fracaso acostumbra a estar presente en uno de los dos miembros de la pareja, y a veces en los dos.

Además, la pérdida por fallecimiento de la pareja o del cónyuge si bien es más grave y definitiva, está mejor regulada, y frente a la misma hay una respuesta socialmente mejor organizada que para la ruptura del vínculo. Los derechos y obligaciones tras el fallecimiento está mejor delimitados, y los apoyos de familiares y amigos son distintos en uno y otro caso.

Unirte en matrimonio o en pareja es una decisión de dos, y sin embargo terminar esta unión puede serlo de uno solo. Pero la aceptación de las consecuencias de la ruptura no dejan de ser duales, y en esa dualidad pueden surgir muchos conflictos que no sólo afectan al matrimonio o pareja en la mayoría de los casos, por el interés público de la unión familiar y de pareja, y por el interés de los hijos comunes, que entre otros se ven afectados, de ahí que los poderes públicos intervienen en la solución de este tipo de conflictos en España y en la mayoría de los países.

El matrimonio no se concibe como una institución temporal, si bien se considera que nadie debe convivir con otro si no lo desea, pues iría en contra de la dignidad de la persona, y de ahí que se regulen el protección de esos intereses o de la nueva unidad familiar que se forma respecto de los hijos tras la  ruptura del vínculo, y las formas de obtener esa ruptura, que dependerá de la existencia o no de hijos comunes menores o con una discapacidad.

Por el interés público de proteger la familia, la Constitución Española estableció como principio rector de la política social y económica, en su artículo 39, que los poderes públicos deben asegurar una protección social, económica y jurídica de la familia, y la protección integral de los hijos, y de las madres, y la asistencia de todo orden a los hijos.

En fundamento de la protección económica y jurídica a la familia que prevé el artículo 39.1 de la Constitución Española, se trata de evitar reclamaciones entre los miembros de esta, que muchas veces pueden llevar a una cadena de conflictos, con una carga sentimental que pueden ser inacabables o de consecuencias insospechadas, en grave perjuicio de los hijos comunes, motivo por lo que las acciones judiciales penales y civiles entre miembros de la unidad familiar siempre se han regulado de forma limitativa o con sistemas alternativos a los judiciales, que pueden llegar a ser incluso obligatorios.

También en determinadas situaciones de crisis matrimoniales, se prevén legalmente determinados derechos coercibles (pensión compensatoria -97 del Código Civil-, pensión de alimentos -93 del Código Civil-, derecho de uso sobre la vivienda familiar -96 del Código Civil-, divorcio – 86 del Código Civil, responsabilidad por deficiente administración de cuentas de los hijos -168 CC-, incumplimiento de los deberes derivados de la patria potestad – 158, 170 y 854.1ª del Código Civil-, indemnización por trabajos familiares -1438 del Código Civil-, indemnización del cónyuge de buena fe por nulidad matrimonial – art. 98 del CC-, y la posible responsabilidad que puede llegar a ser incluso penal, derivada del incumplimiento de ciertas obligaciones derivadas de las relaciones familiares como puede ser el el delito de bigamia o el de abandono de familia.

La diferencia fundamental entre la protección por parte de los poderes públicos de una unidad familiar basada en el matrimonio a la que no lo está es que en España el Legislador Estatal o autonómico no puede legalmente imponer a las parejas efectos del matrimonio que ellos no hubieran acordado, pues conculca la dignidad de la personal y el libre desarrollo de su personalidad, reconocido en el art. 10 CE, y así lo ha declarado nuestro Tribunal Constitucional.

Pero los acuerdos privados de pareja, si han sido establecidos en escritura pública conforme al artículo 1.216 y siguientes del Código Civil, y no afectan al orden público, también son coercibles judicialmente.

En la ruptura de pareja o matrimonial, son los dos miembros los que sufren un proceso de duelo, pero rara vez lo sufren de igual manera y con desarrollos equivalentes. La desesperanza, la melancolía, el desafecto y el miedo en este proceso se mezclan con emociones de odio, celos, envidia, tristeza, culpa y la necesidad de controlar a ciertos objetos, como puede ser la vivienda familiar, o personas, como pueden ser los hijos, para no perderlos igualmente.

Hay dos claves que marcan la duración de la pareja: acertar en la elección afectiva, dar con la persona adecuada; y saber llevar a la otra persona, conocer sus aptitudes, sus limitaciones y aceptar lo que no se puede cambiar a la persona.

La convivencia es un arte laborioso con muchos matices y detalles. Es el arte de ceder y no convertir un problema en un drama y eso requiere formación psicológica. Uno de los problemas de las parejas hoy es la incultura sentimental: hay mucha información, pero falta formación o cultura afectiva, lo que significa poco desarrollo de la inteligencia emocional.

Las rupturas de pareja no son un problema social, siempre que no sobrepasen un determinado volumen sobre el número de personas que deciden compartir su vida en pareja y una responsabilidad de parentalidad.

Las causas de la ruptura de la pareja pueden ser múltiples y muy variadas, dependen de cada pareja y su contexto psicosocial. Se citan como causas comunes: evidente falta de diálogo o comunicación, no comprender y no ponerse en el lugar del otro; no tener un proyecto común, no saber educar a los hijos. Falta de atracción sexual o una sexualidad cada vez más pobre; Pérdida de confianza – por engaños y la infidelidad-; Sentimiento de aislamiento social, circunstancias de base económica como la escasez de medios económicos, se dice que cuando la pobreza entre por la puerta el amor sale por la ventana;  diferencias en la evolución de los objetivos que cada uno persigue en un momento de su vida, como puede ser un cambio en la espiritualidad de uno de los miembros de la pareja, espiritualidad que hoy no suele contemplarse como factor esencial de la unión, pero que en un momento del desarrollo personal individual puede llegar a serlo; sensación de falta de libertad y autonomía en la vida propia, pues en el mundo occidental la gente quiere estar feliz siempre. Incluso si son felices la mayor parte del tiempo, y tras la fase del enamoramiento, continúan sintiendo que podrían sentirse todavía más contentos y satisfechos con nuevas experiencias o caminos o retomando otros que no encajan con la relación de pareja o el matrimonio que se tiene, y que es algo de dos, y pude ser que la pareja de uno, siempre insatisfecha, no quiera asumir esos nuevos retos o experiencias que se propone el otro.

La pandemia y el confinamiento han servido para poner a prueba la salud de muchas parejas. Parejas frágiles se han hecho sólidas y otras, las que eran demasiado débiles, se han roto.

Pero conforme a los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) después de tres años en caída, tras del confinamiento por el coronavirus, los divorcios, separaciones y nulidades matrimoniales aumentaron en 2021 un 13,2 %.

Nadie nace bondadoso, responsable, servicial, generoso, deportista, estudioso, etc.; sino que lo vamos logrando durante la vida. La unión en la pareja también debe ser cuidada día a día, lo que es también una cuestión de decisión y voluntad, lo que ocurre es que en la pareja esa decisión y voluntad tiene que ser dual, pero cuando la voluntad es de ambos las dificultades se superan.

Ha mantener o no esa voluntad depende en gran medida la existencia o no de Fe en los dos miembros de la pareja o al menos en uno de ellos.

Desde la fe Cristiana podemos acudir al Evangelio de Mateo 5,27, a libro  Éxodo 20, Decálogo; y al Levítico 15 Impurezas Sexuales. y a la  Primera carta a los Corintios de San Pablo 7,10, para inducir que dijo Cristo a los hombres sobre la estabilidad del matrimonio.

PRIMERO: NO COMETAIS ADULTERIO

No todo lo que es lícito te conviene. Especialmente debes evitar el adulterio.

Se comete adulterio teniendo relaciones sexuales con quien no es tu esposa o pareja de hecho, también con el uso de la pornografía y a través de la masturbación fuera del matrimonio.

Si no eres capaz de mantener el celibato cásate, o ten una pareja de hecho estable, y mantén las relaciones sexuales con tu esposa/o pareja, daros en este aspecto el uno al otro, salvo acuerdo de mantener durante un tiempo abstinencia sexual para la oración; pero luego volver a mantener relaciones sexuales en la pareja a fin de que no os tiente Satanás en tener relaciones sexuales abiertas.

Las relaciones libres son pecados contra el propio cuerpo, como también lo es entregarse a los placeres de la vida sin medir necesidades ni consecuencias, como la gula.

Cuida el cuerpo porque es templo del Espíritu Santo y para un cristiano el cuerpo es de Cristo porque a través de nosotros actúa.

SEGUNDO: NO OS SEPAREIS POR VUESTRA PROPIA VOLUNTAD

Si ambos sois creyentes no romperéis vuestro vínculo sagrado.

Si eres cristiano y tienes una pareja o cónyuge no creyente, no te separes de ella, pues la mujer se santifica por el creyente.

Pero si te separas por decisión del no creyente, no te vuelvas a casar o unir en pareja, salvo que te reconcilies con ella/el, porque a vivir en paz nos llamó Dios.

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