Mateo tenía veintiséis años y una manera muy suya de pedirle cosas a la vida: siempre en forma de señal.
Si el metro llegaba antes de contar hasta diez, era que el día iba a salir bien. Si Sara le contestaba el mensaje antes de la una, era que aquello tenía futuro. Si el semáforo de García de Paredes se ponía en verde justo cuando llegaba, era que había hecho bien en aceptar el trabajo, o en rechazarlo, según el humor con que hubiera dormido. Vivía en un piso compartido en Chamberí, en una habitación con una ventana que daba a un patio interior, y desde esa ventana, algunas noches, miraba el trozo de cielo que le tocaba y decía, medio en broma, medio en serio: «Venga, dame una señal».
Nunca llegaba. O eso creía él.
Aquel invierno andaba atascado en dos cosas a la vez, que en realidad eran la misma. Sara, con la que llevaba casi un año, le había dicho una noche, sin drama, mientras recogían los platos, que no sabía si él la quería o el nivel de compromiso que quería en la relación.
Mateo en el trabajo le habían ofrecido irse a Valencia, más dinero, más responsabilidad, y se lo estaba planteando. Llevaba días pidiendo una señal para decidir. Que Sara hiciera algo enorme, definitivo, que le demostrara de una vez que aquello merecía la pena. Que apareciera una prueba clara de que debía quedarse en Madrid, o marcharse. Quería certeza. Quería tocarla con las manos.
—Es que si de verdad va a funcionar —le dijo un día a su compañero de piso—, tendría que notarlo. Tendría que estar segurísimo.
—O a lo mejor lo que pasa es que quieres que decidan por ti —le respondió el otro sin levantar la vista del móvil.
Mateo no contestó, pero le fastidió, porque sonaba a verdad.
En el edificio vivía don Rafael, un hombre mayor que se había quedado ciego hacía años por una diabetes que no cuidó a tiempo. Mateo lo veía casi todas las mañanas en el portal, esperando a que su hija bajara a acompañarlo al centro de día. Se cruzaban un «buenos días» y poco más. Esa mañana de febrero, con Madrid entero metido en la niebla húmeda que sube del Manzanares, coincidieron los dos solos porque la hija llegaba tarde, y a Mateo, que iba con el ánimo consumido con sus dudas, y se le escapó una frase que ni él sabía que llevaba dentro.
—No sé, don Rafael. Últimamente tengo la sensación de que no veo nada claro.
El hombre se rio bajito, con esa risa de quien lleva mucho tiempo viviendo por dentro.
—Anda, mira. Justo eso me pasa a mí.
Mateo se puso rojo y empezó a disculparse, pero don Rafael lo paró con un gesto suave de la mano.
—No, no, si tienes razón. Yo tampoco veo. Pero te voy a contar una cosa. Cuando me quedé sin vista, al principio me pasaba el día pidiéndole a Dios que me la devolviera. Una señal, un milagro, lo que fuera. Y me enfadaba muchísimo, porque no llegaba. —Se apoyó en el bastón—. Y un día, no sé cómo, me di cuenta de que estaba tan ocupado pidiendo lo que quería ver, que no me daba cuenta de todo lo que sí veía. La voz de mi hija en las escaleras. El olor a café del bar de abajo, que me dice que ya son las ocho. Este sol de febrero que me da ahora mismo en la cara y que tú a lo mejor ni has notado. —Levantó un poco la barbilla hacia la niebla, que empezaba a abrirse—. Yo veo lo que necesito ver, chaval. Que no es poco.
La hija apareció en ese momento con las llaves tintineando, y don Rafael se marchó del brazo de ella hacia el centro de día, dando golpecitos con el bastón en la acera, sin dudar del camino.
Mateo se quedó quieto en el portal más tiempo del que debía. Llegó tarde a la oficina.
Esa tarde no pasó nada extraordinario. No hubo semáforo en verde en el momento justo, ni un mensaje providencial, ni un cielo partido en dos sobre el patio interior. Pero de vuelta a casa, en la línea 1, apretado entre gente cansada, Mateo empezó a hacer una cosa rara para él: mirar. Vio a una madre que le limpiaba la cara a un niño con el pulgar mojado en saliva, como habían hecho todas las madres del mundo desde el principio de los tiempos. Vio a dos ancianos que iban en silencio, pero con las manos entrelazadas encima del bolso de ella. Vio a un chico que le cedía el sitio a otro sin que se lo pidieran.
Y de repente cayó en la cuenta de que llevaba días pidiéndole a Sara una prueba enorme, y que en todo ese tiempo ella solo le daba señales pequeñas. Pero no le había dado una señal enorme que le quitara el miedo a decidir, como que ella dejaría su trabajo y se vendría a vivir también a Valencia.
Se acordó de una frase que le habían dicho de pequeño en el colegio religioso en el que estudió, y que llevaba veinte años sin recordar: que a los que piden pruebas no se les da la prueba que quieren, sino la que Jesús quiere, y hay que estar atentos. Que el amor no se exige. No está al capricho de nadie.
Bajó en Bilbao, subió andando hasta casa por Fuencarral con el frío mordiéndole las orejas, y en vez de subir a su habitación llamó a Sara. No le dijo nada grande. No le pidió una prueba ni le prometió una vida entera. Solo le dijo que se había pasado unos días pidiéndole que le demostrara algo, sin darse cuenta de que ella llevaba todo ese tiempo demostrándoselo, y que él había estado ciego. Que quería aprender a mirar.
Hubo un silencio al otro lado. Y luego Sara se rio, con esa risa suya que era, ahora que lo pensaba, la señal más clara que le habían dado en mucho tiempo.
Al día siguiente, en el portal, don Rafael esperaba a su hija con la cara vuelta hacia la puerta de la calle, buscando el sol.
—Buenos días, don Rafael.
—Buenos días, chaval. —Sonrió sin verlo—. Hoy vienes distinto. Se te nota en cómo pisas.
Mateo no le preguntó cómo lo sabía. Empezaba a entender que hay gente que ve perfectamente sin necesidad de ojos, y gente con dos ojos buenos que se pasa la vida esperando una señal que ya tiene delante.
Rechazó Valencia esa misma semana. No por una señal. Por primera vez, sencillamente, porque vio claro dónde quería estar.