Gracias, gracias, gracias
por estampar el sello de Dios,
únicamente puedo repetir: “¡gracias!”;
paradojas de la vida,
que en más de una ocasión nos deja sin palabras cuando queremos
expresar lo más hondo,
todo aquello que nunca saldría del corazón hermético,
acostumbrado al invierno de una vida en la gran ciudad,
con sus agendas colmadas de eventos,
prisas, atascos y agobios.
Miles de veces es difícil decir lo que se siente,
y esta ocasión propicia
para celebrar el hecho de estar vivos,
sin duda es una de ellas,
¡es una fiesta, una gran fiesta!,
la fiesta del agradecimiento
ante esta inmerecida y abrumadora,
increíble y sorprendente acción de apoyo
que hace surgir el rubor por mis mejillas,
y también por todo este tiempo tan lleno
de momentos de aliento, compañerismo y compañía.
En este mes de febrero
de un año tan peculiar,
con un mundo tan revuelto y convulso,
y en particular en este armonioso día 6,
siento que la Eternidad de todo este amor
invertido y derramado
que para mí anticipa el estallido de la tan ansiada primavera,
se desborda y derrocha en mis entrañas
recordándome una vez más la felicidad,
el gozo de la dicha universal
y descargando en ellas todo el infinito,
haciéndome prorrumpir en un río
que pretende vestir con la elegancia de la revertida ternura
una sola palabra repetida tres veces:
¡¡¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!!!
HORTENSIA