CUANDO EL SILENCIO SE LLENA DE SENTIDO

Don Ernesto se jubiló un martes de otoño, con la misma mezcla de orgullo y vértigo que había sentido al asumir su primer cargo décadas atrás. Durante años, su vida había estado marcada por agendas llenas, decisiones urgentes y un teléfono que no dejaba de sonar. En su despedida, entre aplausos, alguien dijo: “Ahora empieza tu mejor etapa”. Él quiso creerlo.

Los primeros días fueron serenos. Redescubrió el valor del tiempo lento, de los paseos sin destino y del café sin prisas. Sin embargo, poco a poco, el teléfono comenzó a guardar silencio. Llamó a antiguos compañeros; algunos no respondieron, otros prometieron devolver la llamada. El eco de ese silencio empezó a interpelarlo profundamente. ¿Quién era él ahora, sin su rol, sin su reconocimiento?

Una tarde, invitado por un amigo, asistió casi sin entusiasmo a un Cursillo de Cristiandad. Allí tuvo un encuentro que le cambió, porque Cristo no te llama por lo que haces, sino por quién eres.

Descubrió una forma de vivir, donde no importaban los títulos, ni los logros pasados, sino el sentimiento y el encuentro con las otras personas. Comprendió que había vivido muchos años siendo “alguien para otros”, pero no siempre siendo él mismo desde lo esencial.

Poco a poco,  sus rutinas cambiaron. Se centro en el trípode de Cursillos: oración, formación y acción.  Se integró en pequeños grupos, compartió su vida, sirvió a otros.  Y el teléfono volvió a sonar, pero de una forma distinta: eran personas que buscaban conversación, sentido, cercanía, amor.

Don Ernesto entendió entonces que la jubilación no era una pérdida, sino una llamada. Ya no necesitaba ser reconocido; necesitaba ser más alienado con quien era ahora, no con quien fue. Y en ese nuevo camino, encontró un hilo conductor firme: vivir con Cristo en el centro, no como idea, sino como presencia cotidiana.

Porque cuando el ideal que te mueve nace desde lo más hondo, las dificultades prácticas dejan de bloquearte, y el camino se revela por sí mismo.

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