CARTA DE UN ABUELO A SUS HIJOS, QUE SON PADRES

En recuerdo de Teresa, mi segunda madre; y a mis hijos, y a todos los padres jóvenes que quieran leerla.

Queridos hijos:

Hace treinta y cuatro años yo os tenía en brazos, recién nacidos, y creía saber lo que era ser padre. Hoy estando con vuestros pequeños, mis nietos, empiezo a entenderlo.

Un abuelo tiene un privilegio que el padre no tiene: mira sin prisa. Ya no está atrapado en la preocupación de ser el responsable principal de proveer las necesidades de sus hijos, en sus facturas, y en la carrera profesional personal. Y desde esa perspectiva de los años, a balón pasado, y con más calma, estando con vuestros hijos, mis nietos, se ve con más claridad lo que de verdad queda de una infancia y lo que se lleva el viento.

Desde esa humildad que te aportan los años vividos, estás ahí presente, junto a tu nieto. Dándole amor, en el formato que puedes y te pide. Ese amor de su abuelo, que es lo que más necesitan, y ellos lo sienten.

Os escribo esta carta abierta porque lo que he aprendido creo puede aportar algo no solo a vosotros, también a cualquier padre o madre joven que, como vosotros, se pregunte si lo está haciendo bien.

Os confieso algo. Nunca he dudado que daría la vida por vosotros, y siempre he tenido interiorizado que un buen padre debe esforzarse al máximo por procurar que no os faltara nada, incluso que era primordial transmitiros mi fe,  el amor a Cristo y el respeto a los mayores, y por tanto a vuestros padres y abuelos en primer lugar. La mejor sanidad, los mejores estudios, Todo eso es necesario. Pero hoy pienso que un hijo no recuerda tanto cuánto le quisieron sus padres como lo que sentía estando a su lado.

Hay padres que lo entregaron todo y acabaron siendo los más lejanos para sus hijos. Y otros que, sin nada extraordinario, fueron toda la vida la primera persona a la que el hijo acudía. Creo ahora que en muchos casos la diferencia en la relación no está en la cantidad de amor o las cosas que podéis proveer a vuestros hijos, sino en como se sientan ellos junto a vosotros.

Hoy creo que Jesús también nos enseñó cual debe ser la relación de los padres con los hijos en esta vida, al decirnos:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». (Mt 11,28-30)

Esas tres frases son todo un manual de crianza y de relación padre/hij@:

«Venid a mí», dice Jesús, y no llama a los que lo han hecho bien, sino a los cansados y agobiados. No pone condiciones. Se ofrece justo para el momento en que uno no puede más.

Así haría ahora yo con  vosotros: intentaría ser vuestra cueva, el lugar de refugio al que se vuelve cuando algo sale mal.

Las buenas noticias se cuentan a cualquiera. El padre al que se acude con las malas es el que se ha convertido en refugio. Y eso se construye ahora, con un vaso derramado, saltando en el sofá porque se me ha olvidado que no debo hacerlo, un juguete roto o una pequeña mentira. Lo que vuestros hijos aprendan hoy de vuestra reacción decidirá si mañana, a los quince o a los treinta años, os cuentan lo que de verdad importa.

Fijaos también en el orden: Jesús dice primero «yo os aliviaré» y solo después «aprended de mí». El consuelo va antes que la lección. Los padres solemos hacerlo al revés. Yo lo hice muchas veces: preguntaba por la nota antes que por cómo os sentíais, buscaba el buen resultado, vuestro esfuerzo. Lo hacía por entender que eso era lo mejor para educar vuestro carácter, para que en el futuro pudierais ganaros la vida, pero vosotros ya teníais la vida, y os la envolví como si fuera una carrera profesional y de éxito mundano, y por eso hoy vuestra distancia de esa faceta espiritual interior, que con los años, creo que es mucho más importante que la económica o social.

Antes de corregir, reconoced lo que siente el niño: «Lo has pasado mal», «Cuéntame». Con los pequeños, a veces basta un abrazo antes de cualquier palabra, para que pasen del llanto a la risa. Acordaos del padre del hijo pródigo (Lc 15): corre a abrazar al hijo antes de que termine su discurso de culpa. Primero le devuelve la condición de hijo.

Nada de esto es consentirlo todo. Jesús no dice «quitaos todo yugo», sino «tomad mi yugo». Hay camino y hay norma. El niño al que se le da todo, al que se le ahorran las consecuencias de sus errores, con quien siempre se cede para no discutir, no aprende a confiar en sus padres: aprende a usarlos.

Pero el yugo de Cristo no es el de quienes cargan pesos sobre los demás sin moverlos ellos con un dedo (Mt 23,4). Un yugo se lleva entre dos. Jesús no impone la carga y se aparta: se pone al lado y tira con nosotros. Así se corrige a un hijo. Se le dice con claridad lo que está mal, pero nunca se convierte el error en una sentencia sobre quién es. No «siempre eres igual», sino «esto que has hecho está mal, pero no te define». Que aprenda que puede ser regañado, pero nunca no amado.

Y aprended de su manera de ser: «manso y humilde de corazón». Manso no es débil; es quien tiene fuerza y no la usa para aplastar. Humilde es quien no se coloca como juez permanente y sabe decir «me he equivocado contigo», como en cierta medida estoy reconociendo en esta carta.

Nunca uséis el cariño como premio. «Si no obedeces, papá no te va a querer» controla un momento, pero siembra la idea de que el amor puede desaparecer, y esa idea acompaña toda la vida. En el amor no hay temor (1 Jn 4,18), y Cristo nos amó aún cuando le crucificamos. Vuestros hijos no tienen que ganarse vuestro cariño portándose bien. Con el tiempo se portarán bien porque se saben queridos.

Ahora os digo algo que he visto como abuelo y que de padre no supe ver: el «venid a mí» es también para vosotros. Os observo y sé lo cansados que estáis. Noches cortas, trabajo, prisas, la pregunta constante de si lo estáis haciendo bien.

No convirtáis esta carta en otra carga. No se os pide ser padres perfectos; nadie lo es, y yo menos que nadie. Pero nadie puede ser refugio para otro si no tiene él mismo dónde descansar. Un padre agotado y lleno de miedo difícilmente puede ser manso. Nadie puede dar lo que no tiene.

Por eso el orden creo que es este: primero dejaos querer por Dios, y después querréis a vuestros hijos como Él os quiere. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Primero se recibe, luego se da. Cuando no podáis más, llevádselo a Él. Su yugo se lleva entre dos.

Y dejad que os ayudemos. Vuestra madre y yo mismo no estamos para corregiros delante de vuestros hijos, sino para aliviaros un poco el peso. También para eso sirve una familia. Y esa unión cuidarla, porque además será un enorme aprendizaje para vuestros hijos, para nuestros nietos.

Las personas, tengan la edad que tengan, vuelven siempre al lugar donde se sintieron seguras. Vuestros hijos crecerán, se irán y formarán su propia familia. Si entonces siguen acudiendo a vosotros, no será por todo lo que les disteis, sino porque os recordarán, nos recordarán, como un lugar seguro.

Os propongo un gesto sencillo. La próxima vez que uno de vuestros hijos rompa algo o se porte mal, antes de reñirle agachaos a la altura de sus ojos y preguntadle: «¿Estás bien?». Después, corregid lo que haya que corregir. Y cada noche, al acostarlos, decidles: «Te quiero pase lo que pase». Aunque ese día haya habido castigo. Sobre todo si lo ha habido. Así aprenderán que el error tiene consecuencias, pero nunca les quita el amor de su padre.

No se trata de que vuestros hijos sean vuestros aliados, sino de que vosotros seáis primero el suyo. Es lo que Dios hizo con nosotros en Cristo: no esperó a que fuéramos dignos, vino a llevar el yugo con nosotros.

Os quiero, y os querré pase lo que pase. Es la única herencia que de verdad deseo dejaros, para que vosotros se la dejéis a mis nietos, y tener la seguridad que será vuestro padre, y el abuelo de vuestros hijos en esta y en la otra vida, si Dios me llama el primero.

Vuestro padre,

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