Una característica del niño es que vive en presente. La mente del niño es diferente a la del adulto, absorbe todo lo que le rodea espontáneamente en el tiempo presente, sin ninguna etiqueta ni creencia previa. Los pequeños no piensan en las cosas que tendrán que hacer en el futuro, sino en la expresión continua y espontánea de su sentir.

Muestran sus sentimientos sin temor y de manera natural. Cuando surge la emoción la dejan salir. Ríen, lloran, gritan… Nos dejan saber claramente su sentir. De igual forma, es admirable la manera en la que después de unos minutos estas emociones quedan atrás y las dejan ahí sin volver a ellas.

Ellos son un buen ejemplo de cómo vivir disfrutando el presente, de estar atentos en lo que realizamos, sin preocuparnos por el futuro, es decir, por los resultados.

Para ellos, el solo hecho de abrir los ojos y descubrir que salió el sol es sinónimo de que la aventura que se llama hoy ya empezó. Cuando los niños abren los ojos, no piensan en lo malo que sucedió ayer, ni se preocupan en lo que les tiene deparado el mañana, no hay miedo porque la aventura que se llama presente –una hermosa palabra que también significa regalo- ya empezó y él tiene la oportunidad de vivirla experimentando.

Según San Mateo 18, 1-5, en cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?”. Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí».

El adulto, al buscar su seguridad, cae en muchos errores. Se despreocupa a veces de lo que realmente más desea, que suele ser amar y ser amado. El miedo al futuro incluso le hace ser como no es, incluso perder su dignidad como hombre o mujer.

Nos cuesta aceptar que nuestro futuro, más tarde o más temprano, pasa por la cruz y la muerte. Nuestro destino tras la muerte ya no depende de nosotros, sean cuales fueren los medios de que dispongamos en esta vida y las personas que nos rodean.

Dolindo Ruotolo,  que vivió de 1882 a 1970, fue un fraile capuchino que comprendió profundamente la relación entre nuestra necesidad y la bondad de Dios.

Ordenado a los 23 años, Dolindo pasó la vida en oración, sacrificio y servicio. Él escuchó confesiones, dio orientación espiritual y cuidó a los necesitados. Por un tiempo, sirvió como director espiritual de Padre Pío. Incluso, cuando algunos peregrinos de Nápoles, donde residía Dolindo, iban a Pietrelcina, Padre Pío acostumbraba a decir: “¿Por qué vienen aquí teniendo a  Dolindo en Nápoles? ¡Vayan a él, es un santo!”.

El fraile Ruotolo se dio a conocer por su espiritualidad de rendición. Muy consciente de la flaqueza y de la necesidad humanas, vio esto como una forma de promover una unión continua con Dios.

Al invitarnos a llevar continuamente nuestras preocupaciones al Señor, él enseñó que el foco de nuestras oraciones no debe permanecer en nuestras necesidades. Animó a llevar nuestras necesidades a Dios, dejándole libre para cuidar de nosotros con su sabiduría.

Dolindo nos dijo que el Señor prometió asumir plenamente todas las necesidades que le confiamos.

En palabras de Jesús a Dolindo: “¿Por qué te confundes con tu preocupación? Déjame a mí el cuidado de tus asuntos y todo estará en paz. Te digo, en verdad, que todos los actos de entrega verdadera, ciega y completa producen el efecto que deseas y resuelven todas las situaciones difíciles. (…)

Mil oraciones no son iguales a un acto de abandono; nunca olvides esto. No hay mejor novena que esta: «Oh Jesús, me abandono a ti. Jesús, asume el control.”

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