VIERNES SANTO: ECOS DEL CAMINO Y JAULAS INVISIBLES

Es Viernes Santo. Con un café en la quietud de la madrugada, recién llegado a casa tras la experiencia transformadora del Camino de Santiago, mi mente se centra en un sueño que había tenido que hoy cobra un especial significado. Me crucé con un muchacho que llevaba una vieja jaula; dentro, engañados con alpiste, dos pajarillos silvestres temblaban. Un impulso me llevó a darle veinte euros –un precio irrisorio por su libertad–. Dejé la jaula abierta tras un muro de piedra, esperando verlos volar. Pero el miedo los paralizaba; no se atrevían a salir.

Aquí y ahora, en Madrid, no veo jaulas de alambre oxidado conteniendo pájaros. Pero si personas atrapadas por rupturas sentimentales no superadas, por miedos a una pérdida de trabajo, a una pérdida de su esfera de confort propia, por humilde que parezca, o simplemente por la comodidad, la anestesia a la empatía que la pantalla diaria causa, por el culto a su ego, por una enfermedad mental o física que le atrapa espiritualmente, por una ambición desmedida, por un vicio del que no sabe o no tiene la disciplina para salir y le somete. Son prisiones de las que, frecuentemente, no sabemos, no podemos, o simplemente no nos atrevemos a salir, como aquellos pajarillos asustados.

¿Quién es el «niño» que tiende estas trampas hoy? Son esas fuerzas, internas y externas que nos atrapan, que como el niño cruel de la historia, parecen encontrar una oscura satisfacción en nuestro sufrimiento o nuestra mediocridad. Nos incitan a competir ferozmente en lugar de colaborar con generosidad; a juzgar rápidamente en vez de comprender con empatía; a construir muros de separación donde podríamos tender puentes de encuentro.

Elefantes mentales en los que vamos subidos y no sabemos gobernar que buscan consumir placeres efímeros que, invariablemente, nos dejan un vacío mayor. Nos venden la falacia de que la libertad reside en la acumulación o en la licencia sin restricciones, cuando frecuentemente eso solo hace más angostos los barrotes de nuestra propia cárcel autoimpuesta. Y cuando nos agotamos persiguiendo esas zanahorias ilusorias, cuando dejamos de ser útiles al sistema o a nuestras compulsiones, ¿qué sucede? Corremos el riesgo de ser descartados, abandonados en la cuneta emocional o espiritual.

En este Viernes Santo de 2025, esta alegoría cobra una vigencia brutal. Puedo imaginar una conversación entre Satanás y Cristo sobre el espíritu humano, mostrándole el primero a Jesús el panorama: millones atrapados en sus jaulas modernas –ansiedad, división, adicción, vacío–. «Mira», diría con sorna, «son míos. Les vendí la trampa de la felicidad instantánea, del egoísmo disfrazado de autoayuda, del odio envuelto en justificaciones. ¡Observa cómo se autodestruyen!».

Y Jesús, pregunta con infinita calma: «¿Cuánto por su liberación?».

Satanás vuelve a responderle: «No los quieres. Son ingratos. Te ignorarán, te usarán a conveniencia, te criticarán con saña. Te escupirán virtualmente en foros anónimos, te maldecirán en su frustración existencial, te ‘matarán’ mil veces relegándote al desván de las tradiciones irrelevantes. Simplemente, no valen la pena».

«¿Cuánto?», insiste Jesús, cuya valoración desafía toda lógica humana.

Y retumba el precio con el Jesús pagó para abrir la puerta de nuestra jaula. No con euros, ni con ninguna moneda terrenal, sino con el valor inconmensurable de su propia vida. Él vio más allá de nuestros plumajes erizados, de nuestro canto desafinado por el miedo, de nuestro temblor asustado. Vio la chispa divina, seres creados a imagen de Dios, con un valor infinito, asfixiados por fuerzas que les superaban. Y decidió que valíamos el rescate. No esperó nuestra perfección, ni siquiera nuestro agradecimiento inicial. Simplemente, pagó el precio.

Este Viernes Santo, la consciencia de esas jaulas —las mías, las ajenas— se agudiza. Pero también lo hace la certeza de que la puerta fue abierta de par en par. El precio está saldado. Sin embargo, la liberación no es un acto pasivo; exige mi decisión, mi paso al frente para cruzar el umbral hacia la libertad ofrecida.

Y en ese umbral resuenan con fuerza las palabras de Jesús, su testamento antes de sellar nuestra libertad: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos». Ese amor —ágape, entrega desinteresada— es el consejo maestro para seguir para no caer de nuevo en otra trampa.

Y concluyo en mi pensamiento que el camino más seguro hacia mi propia libertad pasa por el servicio al prójimo, por la sonrisa sincera, por preguntarme antes de invertir mi patrimonio o tiempo en algo o alguien “el para qué”; pasa por ese humilde amor silencioso puesto en acción diariamente en mi ambiente. Pienso que ese es el verdadero Camino hacia mi libertad, un camino lleno de jaulas trampa a las que debo estar atento para no introducirme en alguna de ellas.

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