PACIFICAR DESDE LO ALTO

 Las primeras comunidades cristianas vivieron en un mundo judío-romano, o simplemente pagano. El conocimiento de dicho contexto social y religioso es importante para comprender el mensaje de Jesucristo, que aún hoy no se llega a comprender por un lector de nuestro tiempo de los evangelios canónicos, que se escribieron cuando ya habían transcurrido por lo menos de 35 a 60 años desde su muerte.

En la Palestina de tiempos de Jesús había grupos y clases sociales muy distintas, incluso entre los judíos.

El Sanedrín consistía en tiempos de Cristo en un cuerpo de sabios y líderes religiosos que se encargaban de tomar decisiones legales y religiosas. Estaba compuesto por setenta y un miembros, incluyendo al sumo sacerdote, ancianos y escribas. Su autoridad se basaba en la interpretación y aplicación de la Ley Mosaica, y su dictamen tenía influencia sobre todos los aspectos de la vida judía. Tenía miembros tanto de los saduceos como de los fariseos.

Fariseos y saduceos efectuaban una interpretación distinta entre sí de la torá y cómo debía aplicarse a la vida judía. Religiosamente, los saduceos insistían en una interpretación literal del texto de las Escrituras; a diferencia de los fariseos, que daban a la tradición oral autoridad, y para los que era muy importante la observancia de la pureza ritual incluso fuera del templo. Junto a la Ley escrita (Torah o Pentateuco), los fariseos fueron recopilando una serie de tradiciones y modos de cumplir las prescripciones de la Ley, que llegaron a ser consideradas como Torah oral, atribuidas también a Dios. Según sus convicciones, esa Torah oral fue entregada junto con la Torah escrita a Moisés en el Sinaí, y por tanto ambas tenían idéntica fuerza vinculante.

La dimensión política de su vida social era muy importante para los fariseos, pues ningún poder ajeno, como el romano, podía imponerse sobre la soberanía del Señor en su pueblo. Los zelotas eran fariseos ortodoxos e integristas, observantes estrictos de la Ley escrita y de la tradición oral más rigurosa, y fanáticos en su afán por la instauración del reino de Dios en Israel. Podían llevar a cabo actos violentos de terrorismo dirigido contra los romanos y contra los judíos que ellos consideraban poco religiosos o colaboracionistas. Zelota es el sobrenombre del apóstol Simón, que es distinguido de Simón Pedro, por los evangelistas Mateo y Marcos llamándole Simón el Cananeo. También el apóstol Judas es considerado que era zelota, que buscaba la liberación de Judea del control romano, además de ser considerado un hombre astuto, con habilidad para manejar el dinero.

Si los saduceos no podían encontrar un mandato en el Tanaj, lo descartaban como algo creado por el hombre. Los libros en el Tanaj se agrupan en tres conjuntos: la Ley o Instrucción (Torá), los Profetas (Nevi’im) y los Escritos (Ketuvim).

Los fariseos creían en la libertad humana. El destino influía ciertamente en los hombres, pero estos no eran juguetes en sus manos. De hecho, podían decidir lo que querían hacer con su vida. Creían en la inmortalidad del alma. No todo acababa con la muerte, sino que las almas seguían viviendo. Creían en unos castigos y unas recompensas eternas. Los saduceos rechazaban la creencia en la resurrección de los muertos (Mateo 22:23; Marcos 12:18-27; Hechos 23:8); los fariseos sí creían en la resurrección.

Los saduceos negaron la vida después de la muerte, rechazaron la idea de un mundo espiritual invisible en el que creían los fariseos, incluso en la existencia de ángeles y demonios en un reino espiritual.

Los saduceos sostenían que el alma perecía al morir, pero los fariseos creían en una vida después de la muerte, y en una recompensa y castigo apropiados para los individuos. Las almas de los bondadosos recibirían un nuevo cuerpo. No se trataba de una sucesión de cuerpos humanos mortales —como sucede en las diversas visiones de la reencarnación—, sino de un cuerpo para toda la eternidad.

Los saduceos eran personas de la alta sociedad, miembros de familias sacerdotales, cultos, ricos y aristócratas. De entre ellos habían salido desde el inicio de la ocupación romana los sumos sacerdotes que, en ese momento, eran los representantes judíos ante el poder imperial. Hacían una interpretación muy sobria de la Torah, sin caer en las numerosas cuestiones casuísticas de los fariseos, y por tanto subestimando lo que aquellos consideraban Torah oral. A diferencia de los fariseos no creían en la pervivencia después de la muerte, ni compartían sus esperanzas escatológicas. No gozaban de la popularidad ni el afecto popular del que disfrutaban los fariseos, pero tenían poder religioso y político, por lo que eran muy influyentes.

Otro grupo judío de la época era el de los esenios. Tenemos amplia información acerca de cómo vivían y cuáles eran sus creencias a través de Flavio Josefo, y sobre todo de los documentos en papiro y pergamino encontrados en Qumrán, donde parece que se instalaron algunos de ellos. Una característica específica de los esenios consistía en el rechazo del culto que se hacía en el templo de Jerusalén, ya que era realizado por un sacerdocio que se había envilecido desde la época asmonea. En consecuencia, los esenios optaron por segregarse de esas prácticas comunes con la idea de conservar y restaurar la santidad del pueblo en un ámbito más reducido, el de su propia comunidad. La retirada de muchos de ellos a zonas desérticas tiene como objeto excluir la contaminación que podría derivarse del contacto con otras personas. La renuncia a mantener relaciones económicas o a aceptar regalos no deriva de un ideal de pobreza, sino que es un modo de evitar contaminación con el mundo exterior para salvaguardar la pureza ritual. Consumada su ruptura con el templo y el culto oficial, la comunidad esenia se entiende a sí misma como un templo inmaterial que reemplaza transitoriamente al templo de Jerusalén mientras que en él se siga realizando un culto que consideran indigno.

Que San Pablo, de Tarso, era fariseo antes de convertirse al cristianismo, suele ser aceptado. De hecho, en un arresto, usó las diferencias teológicas entre los fariseos y los saduceos para defenderse ante el Sanedrín – Hch 22, 1-21-.

En Hechos de los Apóstoles 22:3, Pablo, en su defensa indica: «Yo soy judío. Nací en Tarso de Cilicia, pero me crié aquí en Jerusalén y estudié bajo la dirección de Gamaliel, muy de acuerdo con la ley de nuestros antepasados».

Nicodemo, José de Arimatea y Gamaliel, fueron fariseos del Sanedrín que apoyaron a Jesús. El Evangelio de Gamaliel es uno de los apócrifos del Nuevo Testamento. El texto, originalmente en copto, se atribuye falsamente a San Gamaliel. En el mismo, y en el Evangelio de Nicodemo y el Evangelio de José de Arimatea se habla de la pasión y resurrección de Cristo.

Gamaniel era un importante fariseo, doctor de la ley y miembro del Sanedrín. Representante de los liberales entre los fariseos (la escuela de Hilel era opuesta a la más conservadora de Shamai). Se le atribuye una intervención con un consejo, en un concilio convocado contra los apóstoles, que salvó a estos de la muerte (Hechos 5.33–42).

En la tradición Gamaliel aceptó la fe cristiana, y permaneció como miembro del Sanedrín con el propósito de secretamente ayudar a los cristianos. De acuerdo con Focio, fue bautizado por Pedro y Juan, junto con su hijo y con Nicodemo.

Nicodemo fue un fariseo importante citado en el Evangelio de San Juan, que, de noche, hace una visita o tiene un encuentro con Jesús, intrigado por los milagros que realiza: Sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer los milagros que haces si Dios no está con él -Jn 3, 2-.

 Este “sabemos” indica que habló como fariseo. Probablemente no es casual que el encuentro sea por la noche, sin luz, sin que sea conocido por el pueblo. De hecho, se le menciona de nuevo a Nicodemo al final del Evangelio como «aquel que había venido a Jesús de noche» (Jn 19, 39).

San Juan, único evangelista que relata el encuentro, lo hace de la siguiente manera:

Evangelio (Juan 3, 1-8)

Había entre los fariseos un hombre que se llamaba Nicodemo, judío influyente. Éste vino a él de noche y le dijo:

 —Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.

 Contestó Jesús y le dijo:

 —En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.

 Nicodemo le respondió:

 —¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?

 Jesús contestó:

 —En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

 Después de esto fue Jesús con sus discípulos a la región de Judea, y allí convivía con ellos y bautizaba.

 ¿QUE QUISO ENSEÑAR JESUCRISTO A NICODEMO?

Venir al mundo nunca es una decisión personal, no se nos pregunta antes si queremos nacer. No todos somos padres, pero ciertamente todos somos hijos.

Nadie se hace a sí mismo hombre. Nacimos sin haber hecho nada nosotros; el pasivo de haber nacido precede al activo de nuestro hacer.

Lo mismo sucede en el nivel espiritual en cuanto a ser cristianos: nadie puede hacerse cristiano sólo por su propia voluntad; también el ser cristiano es un don que precede a nuestro hacer: debemos renacer con un nuevo nacimiento, el nacimiento a una vida espiritual como hijo de Dios, creyente en Cristo y en su evangelio. San Juan dice: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios» (Jn 1, 12). Este es el sentido del sacramento del Bautismo; el Bautismo es este nuevo nacimiento, que precede a nuestro hacer.

Ser cristiano es algo más que añadir algo de espiritualidad o de bondad a una existencia ya más o menos completa. Es disruptivo con respecto a una vida mundana, más o menos confortable o «feliz». Es un nuevo inicio, un nacer a una vida espiritual, que nos forja como instrumento de Dios. Una vida que requiere disciplina, voluntad, decisión, y huir precisamente del «buen vivir».

Podemos llegar a sentirnos hijos de Dios, o rechazar ese sentimiento.  Tomar la decisión de seguir el Camino de Cristo o rechazarlo. Y esta decisión se toma desde la la fe, mediante un «sí» profundo y personal a Dios como origen y fundamento de nuestra existencia. Si tomo la decisión del «sí», yo pongo mi vida como don, a disposición  del Padre a quien no veo, pero en el cual creo, y a quien siento en lo más profundo del corazón; que es Padre mío y de todos mis hermanos en la humanidad, un Padre inmensamente bueno y fiel.

Nacer de lo alto es sentir a Dios como Padre mío y de mis hermanos.

Creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, permite «renacer de lo alto», es decir, de Dios, que es nuestro Padre si así lo quiero y amo.

Jesús nos invita a «buscar» activamente «el reino de Dios y su justicia» y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal (cf. Mt 6, 33).

En el Reino entran las personas que han elegido el camino de las bienaventuranzas evangélicas, viviendo como «pobres de espíritu» por su desapego de los bienes materiales, para levantar a los últimos de la tierra del polvo de la humillación.

El peregrino del Camino del Espíritu soporta con amor los sufrimientos de la vida en el mundo:  «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Hch 14, 22; cf. 2 Ts 1, 4-5), donde Dios mismo «enjugará toda lágrima (…) y no habrá ya muerte ni llanto ni gritos ni fatigas» (Ap 21, 4).

En el Reino entran los puros de corazón que eligen la senda de la justicia, es decir, de la adhesión a la voluntad de Dios, como advierte san Pablo:  «¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, (…) ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10, cf. 15, 50; Ef 5, 5).

Así pues, todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón sincero (cf. Lumen gentium, 16), están llamados a edificar el reino de Dios, colaborando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo.

Por eso, debemos ponernos en manos de Cristo, confiar en su palabra y dejarnos guiar por él como niños inexpertos que sólo en el Padre encuentran la seguridad:  «El que no reciba el reino de Dios como niño ―dijo Jesús―, no entrará en él» (Lc 18, 17).

COMO PODEMOS APLICAR LAS ANTERIORES ENSEÑANZAS EN LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS HUMANOS

Los conflictos entre las personas, y en especial entre miembros de una unidad familiar, pueden resolverse mediante la negociación, y también, en casos de mayor tensión en el conflicto, a través de una resolución obtenida por la aplicación de instrumentos jurídicos creados por el hombre. En estos últimos casos, sobre todo en materia de conflictos familiares, es importante, yo diría que esencial, la ayuda del Espíritu o valores de los colaboradores en ese conflicto concreto, en el marco de la ley vigente aplicable.

Un ejemplo de resolución desde valores, y con inteligencia, es el caso de una mujer que rompió su relación con su pareja, con el aue trabajaba en un bar copropiedad de ambos en comunidad de bienes, y con el que tenía un hijo de corta edad.

Habían montado un bar de tapas en Madrid, que les fue bastante bien antes de separarse, en que trabajaban ambos por turnos, y el esceso de trabajo y las obligaciones de responsabilidad parental tras el nacimiento de su hijo, llevó a que se distanciaran y a la ruptura sentimental, por lo que ella dejó de trabajar en el bar, aunque siguió llevándolo su pareja, y el negocio se mantuvo funcionando muy bien, y mantenía su clientela antes de la pandemia.

Tras el Covid no remontaba, y seguía trabajando, pero con unos beneficios raquíticos, por lo que decidió volver a «dejarse caer» por el local más a menudo.

Apreció que iba mucho público, y no entendía porque la recaudación era tan baja, así que, colocó una cámara oculta junto a la caja para averiguar qué estaba pasando.

Una semana después, se puso a revisar las grabaciones y vió el porqué de los escasos beneficios.

Vió como su expareja al final del día se metía en el bolsillo parte de la recaudación y otra parte en la caja desde la que se hacían las cuentas. Resulta que su expareja, padre de su hijo, se estaba apropiando de parte de la recaudación, lo que aclaraba porque había disminuido.

En lugar de llamarle y llamarle ladrón, buscó el momento apropiado para hablar con su ex, llenándose de paciencia y en la decisión de no discutir ni alterarse  hablaran lo que hablaran,  y le dijo:«He puesto una cámara y he visto que te estás quedando con parte de la recaudación. Lo normal sería denunciarte, y dividir o vender el bar de acuerdo ambos o por el juzgado, pero tendiendo en cuenta que el negocio funciona muy bien, y es tu modo de vida, y con el pagas conmigo los gastos de nuestro hijo, y yo ya no trabajo aquí  y te lo estás currando todo tú, a partir de ahora, quiero que me des una cantidad al mes limpia y el resto de los beneficios es todo para ti, es tuyo, aunque el negocio siga siendo de ambos».

Controló sus sentimientos, pensó en una solución práctica, lo más positiva de las posibles para su hijo, para ella, y para el padre de su hijo, y la intentó llevar a cabo convenciendo al otro afectado, que se dió cuenta de que era la mejor forma de salvar la situación, y la aceptó, y acordaron la cantidad, y su relación no rompió totalmente de forma muy conflictiva, ni perjudicó al hijo de ambos, y el negocio hoy continua.

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