En plenas compras navideñas, dos amigas se detuvieron frente a un escaparate que parecía sacado de un cuento.
Era un local peculiar, lleno de frascos preciosamente decorados con etiquetas que decían: “Amor», «Perdón» y un gran frasco al centro con la palabra «Fe». En un rincón especial, destacaban varios frascos diseñados para regalar a amigos y familiares durante esas fechas tan especiales.
Intrigadas por aquel lugar, decidieron entrar al local y hablar con el dependiente. —Señor, qué se vende aquí? —preguntaron curiosas. —Hecho —respondió él con una cálida sonrisa. —Y ¿cuánto cuestan? —volvió a preguntar una de ellas. —Nada. ¡Aquí todo es gratis! —contestó amablemente.
Con más curiosidad aún, recorrieron los estantes. Allí se encontraron semillas de «Amor», «Fe», «Esperanza», «Salvación», «Perdón», «Paz» y otros dones, todos presentados en cajas delicadamente adornadas.
Cada una de ellas llevaba un nombre lleno de significado. —Bueno, señor, quiero probar. Por favor, deme una caja de amor —dijo una de las amigas con entusiasmo.
El dependiente tomó una caja, la envolvió cuidadosamente como un regalo y se la entregó.
—Plántala cuanto antes —le aconsejó con amabilidad.
Luego, se dirigió a la otra amiga: —Y usted, ¿no quiere alguna? —
No, gracias. Con una será suficiente para que mi amiga pruebe primero —respondió con cierto escepticismo.
La amiga que aceptó la caja estaba atravesando una etapa complicada en su relación de pareja. Apenas llegó a casa, plantó la semilla con ilusión, grabando las palabras del dependiente. Día tras día, comenzó a pensar en el crecimiento de esa semilla y, al hacerlo, prestó más atención a los pequeños detalles en su relación. Poco a poco, y casi sin darse cuenta, el vínculo con su esposo mejoró notablemente.
Mientras tanto, la otra amiga, quien no llevó ninguna semilla, terminó enfrentando la ruptura de su relación ese mismo año.
Tiempo después, ambas se sentaron a reflexionar sobre lo sucedido. Al recordar el incidente en el local, decidieron volver. Esta vez, las dos aceptaron nuevas semillas. Habían aprendido que, al plantar algo y cuidar su crecimiento, el acto de atención y dedicación podía transformar su comportamiento y las actitudes hacia aquello que la semilla representaba.
Esta experiencia les dejó una lección valiosa: al igual que esas semillas requieren ser plantadas y cuidar su crecimiento inicial, las relaciones y los buenos hábitos requieren empezar y constancia.
A menudo, vivimos en piloto automático, sin cuidar lo que realmente importa: el amor, el tiempo de calidad con los amigos, una buena alimentación, tomar acción en lo que debemos hacer, la disciplina, cultivar la mansedumbre y la paciencia, el descanso o la conexión con la naturaleza.
Y cuando nos damos cuenta de que hemos descuidado esos aspectos esenciales, muchas veces ya es demasiado tarde para rectificar.
Como dice un antiguo proverbio chino: “El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años.
El segundo mejor momento es ahora.»