HUMILDAD

Te voy a contar una historia real que me contó mi amigo More.

Tiene que ver con su amigo Raúl, un tipo muy brillante.

Hace años vendió su empresa de comunicación a un grupo mundial y como no le pagaron nada mal, decidió tomarse la vida con más calma y se fue a vivir a Sotogrande, donde, según él, vive mucha gente de «sangre azul y números rojos».

Vamos, de esos que viven de la apariencia, aunque les cueste llegar a fin de mes.

Una noche, al poco de mudarse, fue al cine de verano con su familia. Mientras colocaba una silla plegable para su suegra, alguien le confundió con el encargado del cine.

«Joven, póngame aquí dos sillas, por favor», le dijo una vecina de aire distinguido. Y él, ni corto ni perezoso, se puso a colocar las sillas.

Y aquí viene lo divertido: en cuestión de minutos, todos pensaban que Raúl trabajaba allí. También es cierto que Raúl es muy moreno y bajito, o sea, un tipo normal y eso ayudaba a la confusión.

Otro se acercó y le pidió tres sillas más, y después otro… Al final, antes de que empezara la película, había colocado más sillas que nadie en toda la historia del cine. Incluso algunos le dejaron propina.

Lo curioso es que Raúl podría haber dicho: “¡Oiga, usted no sabe quién soy yo!”.

Pero no lo hizo.

Se limitó a reírse para sus adentros y seguir colocando sillas.

Mientras muchos se habrían indignado o montado un drama, él optó por algo mucho más simple: tomárselo con humor. Lo que denota algo muy importante para nuestra vida, cultivar nuestra humildad.

Cada vez estoy más convencido de que muchos de nuestros problemas vienen de un ego desmedido y de la soberbia. Es ese ego el que nos empuja a reaccionar de manera exagerada cuando las cosas no salen como queremos.

Pero la historia de Raúl nos enseña que, a veces, dejarlo ir es el mayor acto de grandeza.

¿Qué hubieras hecho tú en su lugar? Yo no lo tengo claro, pero la actitud de Raúl me ha sido muy didactica, y pienso en ella en esas situaciones que de manera innecesaria pueden sacarme de mi paz, o desatar mi soberbia o amigdala, y especialmente en la busqueda de soluciones con compañeros o las partes en los litigios de pareja.

“Nada fortalece tanto el ego como tener razón;
y nada lo desinfla tanto como no necesitarla.”

Me dijo mi amigo More.

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