Encontrarse con Cristo y seguirle plenamente es saltar al vacío. No se le sigue por la razón —al menos no solo por ella—, sino por fe y amor. Y quien salta no tiene por qué justificarse ante quienes permanecen al borde, contemplando la caída. Como decía Godard, el salto no se explica: se da.
El vértigo comienza exactamente allí: en el instante en que uno mira desde el límite y descubre que Cristo también te mira. Es un estremecimiento que sube desde los pies y alcanza la médula, una conmoción física, antigua, casi animal. Es tu Camino.
Tal vez por eso el vértigo de dar el salto base inspira. Porque es una de las escasas experiencias que nos hacen sentir, con una evidencia que no admite discurso, que estamos vivos. Aunque luego no sepamos decirlo. Aunque nadie pueda entender del todo qué ocurrió allí, al borde.
El salto de seguir al Cristo no se hace para impresionar. Es un salto auténtico, de existencia, de autoconocimiento y aceptación de quienes somos, sin necesidad de aparentar o pedir disculpas por no encajar en los estándares del momento. Es imparable.