VUELO HACIA LA OTRA VIDA

Porque es cierto que todos hemos de morir en el momento que a cada uno nos toque. A lo mejor ni siquiera nos podemos despedir de las personas que queremos. Pero lo que está claro es que podemos vivir nuestro tiempo, con los que queremos, en la manera que uno mismo elija, sin perder un minuto del tiempo que nos quede.

Lo que pasa, y lo que se vive en cuidados paliativos, es difícil transmitirlo, pero el Doctor Enric Benito con acierto lo intenta  en su Libro el Niño que se Enfadó con la Muerte, donde trata de condensar sus vivencias como coordinador que fue de la unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Virgen de la Salud y del Hospital Joan March en Mallorca, y son un buen ejemplo para reflexionar sobre nuestra vida y nuestras relaciones, y por eso traigo aquí el caso de René.

René era un paciente de 54 años de nacionalidad, Suiza, que ingresó a mediados de octubre en la unidad de paliativos procedente del Hospital Universitario. Dos años antes se le había diagnosticado un cáncer de tercio inferior de esófago y por su edad y carácter luchó con toda su energía, se aplicó un tratamiento radioterapéutico, seguido de cirugía con intención radical en la que se extirpó y parte del estómago y después quimioterapia.

Se recuperó y volvió a trabajar como informático, y conoció a su pareja Antonia, se enamoraron y se mudó a vivir con ella. Al poco tiempo de su relación tuvo una recaída, y René le pidió a Antonia que lo dejara que ahora venía un periodo difícil y no quería que ella experimentara esa parte, ya que sentía que había llegado tarde a su vida. Ella dijo que lo acompañaría hasta hiciera falta y se negó a abandonarlo.

Al ingreso, observamos que se trataba de un paciente que desde el punto de vista orgánico, presentaba una recidiva mediastínica de la neoplasia del esófago que le impedía la deglución. El Hospital Universitario le había planteado la posibilidad de alimentación por vía parental que él rechazó.

René había vivido intensamente. Tenía un buen desarrollo intelectual y tras una aparente actitud de frialdad emocional Suiza, escondía una ternura y una gran capacidad para la amistad que había sabido cultivar, era plenamente consciente del pronóstico, y decidió que no quería que le hicieran maniobras para alargar la vida. Por eso pidió que en lugar de alimentación para parenteral que lo trasladaran a un sitio con buenas vistas y morfina. Sin saber esto, el servicio de admisión le adjudicó una habitación con una amplia terraza y unas excelentes vistas sobre la bahía de Palma, en la que reinaba un ambiente de paz y serenidad.

René se mostró siempre muy educado con el personal y hablaba de su enfermedad y su muerte de una manera tan serena y objetiva que llamaba la atención, su actitud era la de alguien que toma sus propias decisiones, solicitaba una información y pronóstico honesto sobre el tiempo que le quedaba, y negociaba aspectos de la dosis de medicación, especialmente de analgésicos y ansiolíticos para regular el grado de conciencia que le permitiera acabar algunos trabajos pendientes.

Tenía su ordenador sobre la cama y pasaba horas trabajando en el portátil, siempre con música ambiental en la habitación y flores frescas, y cada tarde había un buen grupo de amigos que venían a verlo.

En las visitas médicas se mostraba muy agradecido y asertivo sobre la duración de las mismas, y solía el indicar cuando tenía suficiente información; y con un gesto sencillo, cerrando los ojos y recostando la cabeza sobre la almohada decía, gracias ya pueden dejarme que tienen ustedes mucho trabajo.

René se mantenía hidratado con sueros a lo que añadimos glucosa para que le aportasen un poco más de energía, y así pudiera acabar algunos trabajos pendientes de entregar algún cliente. Nos contó que un informático conocido suyo se fue dejando un montón de clientes colgados y eso era un mal ejemplo que él no quería seguir. Otra actividad que lo mantenía ocupado era la organización de una fiesta incluido un texto para que se leyesen. Ella era la fiesta de su despedida, pensada para que sus amigos la celebrasen, una vez que él hubieras fallecido, había decidido que no habría funerales ni actos religiosos, y la diseñaba con precisión Suiza los detalles, de lo que llamaba un picnic en el campo, donde se enterraría sus cenizas, incluso había elegido el sitio y el texto que quería que se leyera preparado por él, y había elegido la música que se pondría y contratado a una cantante de Soul para que el 23 de noviembre, tras preguntarnos si era una buena fecha para tener la garantía de que ya no estaría ese día.

Le pregunté si creía que había algo más después de la muerte, y con la precisión y la frialdad de un reloj suizo me contestó que no sabía, pero que si no había nada, no había problema y sabía algo, pues ya lo vería.

Cada día estaba más débil, se mantenía sin dolor con dosis irregulares de morfina por vía subcutánea y algún sedante nocturno para dormir, las dosis que él decidía para mantener el equilibrio entre lo que quería dormir y lo despejado que deseaba estar por la mañana.

Seguía perdiendo peso, tenía poca energía, y a veces le costaba hablar, y una mañana inició el siguiente diálogo usted: doctor me parece que es su nombre que hace su trabajo con pasión, ¿verdad?.

-Ciertamente.

-Debe saber bastante sobre la muerte.

-Bueno los enfermos a los que hemos acompañado, que son bastantes, nos han enseñado mucho.

– Entonces saliendo un poco de su actitud habitual y con mucho interés, preguntó:  ¿ Cuénteme un poco cómo es esto de morir?

-Sentado en su cama pensé que tenía derecho a saber y que necesitaba entender.

Le dije: el morir es un proceso muy bien organizado es como un parto; se trata de abrirse a una dimensión desconocida desde aquí, y por ello nos cuesta. Generalmente las personas nos resistimos a dejar esta vida que conocemos para hacer un cambio hacia algo desconocido y que nos genera incertidumbre. Realmente nos resistimos, y esa actitud de resistirnos y tratar de evitar lo que se va imponiendo, no es muy sabia, ya que hace más difícil y complicado un proceso, que una vez aceptado es suave y dulce.

Cuando se llega con miedo e incertidumbre sobre lo que va a ocurrir, suele haber ansiedad. Otras dificultades para soltarse y aceptar pueden ser tener asuntos pendientes o inacabados, y también un excesivo apego a lo conocido que ahora parece que hay que dejar.

Lo que hemos aprendido es que las personas que se resisten y se niegan a aceptar la realidad de forma involuntaria añaden sufrimiento a un proceso que de otra manera, al ser aceptado, y cuando uno se entrega él, fluye con más armonía. Hemos visto que los que mueren con menos sufrimiento y más paz son aquellos que o bien han tenido experiencias en la vida que les han dado confianza sobre lo bien organizado que está todo, es decir, tienen confianza básica en el orden de la vida y el universo, o bien han llegado a la conclusión de que resistirse produce más dolor. Estas personas se sueltan se relajan y se entregan en manos del proceso, que nos conduce a un nuevo espacio de conciencia donde todo es calma, hay serenidad y paz.

Veo que tú eres una persona muy serena, muy madura y, si sigues haciendo lo que estás haciendo, si permites que todo fluya, te sueltas, no te resistes, te abres y te dejas en manos del proceso, este mismo te llevará a un cambio, ahora que tu cuerpo no te puede aguantar, te irás durmiendo y de manera serena entrarás en otro espacio de conciencia y verás lo que hay.

Mientras le hablaba, sostenía su mano derecha entre las mías. Él permanecía con los ojos cerrados hasta que en un momento dado al acabar mi relato, René me apretó la mano con calidez y retomando el mando de la conversación, me dijo gracias doctor está bien puede dejarme hay otros enfermos que estarán esperándole.

Era suficiente para ese día.

A primeros de noviembre me anunció ya he terminado todo lo que tenía pendiente por hacer, y que le apuntara en la lista de los que van a partir el día 11/11 a las 11 que es cuando comienza el carnaval de Colonia.

Al día siguiente estaba ya muy débil y cansado y algo triste y me preguntó cómo podíamos acelerar el proceso. En el equipo lo estuvimos comentando y ante el sufrimiento que percibíamos habíamos hablado de la posibilidad de retirar los sueros y de promoverle una muerte por ayuno.

Al decirme él que podíamos hacer le planteé:

-¿Tú qué sugieres?

– ¿Por qué no retiramos los sueros?

-Es una buena opción, ya que al irte deshidratando entrarás en un sueño plácido.

-Bien, entonces dejadme hoy todavía, y mañana por la mañana los quitamos al día siguiente era sábado y él seguía sin dolor y tranquilo, nos confirmó que quería que le retiramos los sueros y se fue durmiendo.

Al llegar el lunes estaba en agonía, no tuvo ningún momento de inquietud, ni malestar, continuaba plácidamente dormido, se apagó rodeado de Antonia y de sus amigos.

Tres días después, paseando por Palma, de pronto vi venir defrente por la misma acera a Antonia, la pareja de René, con la que no coincidía desde antes de su fallecimiento, se me abrazó llorando, y dándome las gracias a todo el equipo, por haber ayudado a aquel hombre a morir como había vivido toda su vida con elegancia, autonomía y confianza.

Cuando los despedimos miré el reloj, eran las 11 del 11 de noviembre, cuando en Colonia empieza el carnaval, y sentí una oleada de gratitud y ternura que inundó mi cuerpo. Esto no es científico, ¡pero os aseguro que es verdad¡. El maestro suizo se fue con la precisión y elegancia de un Rolex.

Cada uno se acerca al cierre de su biografía, según ha vivido y los que se van con más confianza, generalmente son los que sienten que han hecho lo que debían de hacer, y, además se dan cuenta de que de alguna manera formamos parte de algo que podemos llamar la vida, de que esta no es nuestra, que no nos pertenece; en todo caso nosotros somos parte de la vida que nos sostiene y en la que nos movemos, y cuando has experimentado eso, aunque siempre hay cierta incertidumbre, algo en ti sabe que puedes abandonarte a lo que siempre te sostuvo.

La muerte de un ser querido, sobre todo si hemos podido acompañarle en el tránsito, nos puede dar una nueva perspectiva de nosotros mismos y de la vida, y hacer que cambiemos nuestras prioridades, y madurar como personas, y, en la medida en que podamos, ir aceptando nuestra propia vulnerabilidad e incluso nuestra propia muerte, lo que nos puede hacer apreciar con más intensidad el gozo de la vida.

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