BUEN CAMINO

Uno llega una edad en que empieza a ver con un poco más de claridad lo que un buen maestro le fue indicando y no comprendía, y me apetece compartirlo con vosotros, amigos lectores. Quedaos con lo que os resuene.

Valemos por lo que damos

Se me ha ido aclarando, despacio, que las cosas valen por aquello para lo que sirven. El oro vale porque lo cambiamos por otras cosas; un cuchillo, porque corta; una piedra del camino apenas vale, porque no hace nada por nadie. Y sospecho que con nosotros pasa algo parecido, aunque cueste decirlo en voz alta: no valemos tanto por lo que sabemos o por lo que tenemos como por lo que somos capaces de dar a otro.

Y no hablo de gestas. Me he dado cuenta de que vale tanto quien hace un pequeño bien a mucha gente como quien sostiene a unos pocos con un gran cuidado. Las notas Post-it adhesivas fueron un sencillo invento, pero hacen un buen servicio a muchas personas.

Es una trampa que nos midan por el sueldo o por la apariencia. No sé vosotros, pero yo cada vez me fío menos de esa vara. El verdadero valor de una persona se mide por lo que deja en la vida a los que les rodea, y fundamentalmente será el amor que deja. Tanta paz lleves como la que dejas, suele decir mi mujer.

A quién

Aquí va lo primero que me costó caro, y por eso os lo cuento. He aprendido —tarde— que conviene mirar a quién le entregamos lo que de nosotros tiene gran valor.

Ser generoso no es lo mismo que ser ingenuo. Hay personas que no valoran el valor de lo que les damos, e incluso puede que si nos alejamos de ellos se revuelvan de alguna manera contra nosotros.

Cuantas veces hemos entregado nuestro buen hacer, nuestro tiempo, a quien solo sabe recibir, o nos lo ha comprado por unas monedas, y nos hemos sentido mal pagados. Hay que estar disponibles pero por algo que realmente tenga valor, como el amor o la amistad, con causa, sin ingenuidad. Poner un límite no es cerrarse: es cuidar lo que uno tiene para poder seguir dándolo. Y he notado que quien nos quiere bien respeta nuestro «no», mientras que a quien solo nos quiere para usarnos, ese «no» le molesta.

Por qué

Si entregamos lo más valioso que tenemos, lo razonable sería darlo por algo de valor parecido. Pero ahí está el lío de este tiempo que todo lo pone en venta: lo que de verdad vale no tiene precio, y lo que tiene mucho precio no siempre tiene valor. ¿Qué precio le pondríais a una amistad de las de verdad, de esas raras? ¿Al cariño? ¿A la salud, que solo aprendemos a valorar cuando empieza a fallarnos? ¿Al tiempo de estos años nuestros, que se va sin avisar y no vuelve?

Me he sorprendido a mí mismo malvendiendo cosas sin precio: años en sitios que no me llenaban, paz a cambio de la aprobación de gente que mañana no recordará mi nombre. Así que ahora intento —no siempre lo consigo— preguntarme antes de entregarme a algo o a alguien: ¿por qué lo hago? Si la respuesta es el miedo, la vanidad o la pura inercia, mejor parar. Si la respuesta tiene algo que ver con el amor o la amistad, sigo sin tanto miedo.

Lo que se da hay que tallarlo antes

Nada de esto sale solo. Para tener algo que merezca la pena dar, hace falta trabajo y constancia. El don con el que servimos a los demás no nace pulido: se pule, como una piedra que se va esculpiendo hasta que asoma la figura que llevaba dentro. No envidies el talento ajeno, y cultiva día a día el propio. La constancia callada, la de cada día, sí. Y esa disciplina, que de jóvenes nos parecía una jaula, a mis años me parece lo contrario: la única libertad de poder dar algo bueno cuando llega el momento.

Tratar bien — y saber apartarse

Os dejo dos ideas que parecen contradecirse y a mí me han terminado encajando.

La primera: intentar tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran, incluso cuando no se lo merezcan. No porque ellos sean buenos, sino porque uno quiere seguir siéndolo. Cada vez que he devuelto mal por mal, he acabado pareciéndome un poco a quien me hizo daño, y eso es darle demasiado poder sobre mi decisión de como estar y relacionarme en la vida.

La segunda, que equilibra a la primera: cuando alguien o algo nos hace daño de verdad, a veces lo sano no es quedarse a cambiarlo, sino apartarse uno mismo. Marcharse no es odiar ni rendirse; es reconocer que la vida es corta y la paz, escasa. Se puede desear el bien a alguien desde lejos. He aprendido, sin orgullo, que quererse un poco a uno mismo también es saber cerrar una puerta con calma y sin rencor.

El camino estrecho

Experimento cada día la dificultad de implementar las anteriores enseñanzas. Comprendo la distinción entre ser y querer ser. Es fácil entrar en el camino de nuestra comodidad, de nuestro ego. Que le vamoa hacer, pero lo cierto es que el camino que lleva a una vida con sentido es angosto y requiere esfuerzo recorrerlo.

Por eso amigo lector, no le deso una vida fácil; le deseo una vida verdadera, y casi nunca son la misma. Ese camino estrecho pide disciplina, discernimiento y algo de valentía para ir a contracorriente cuando toca. Pero estoy vislumbrando que no se llega vacío al final de él: se llega, y antes de que te des cuenta, habiendo dado lo mejor de uno a quien de verdad lo merecía, y por las razones correctas.

Buen Camino.

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