Me ha parecido especialmente importante la reflexión que hace el historiador Yuval Noah Harari sobre si el hombre es «imparable», o «inevitable» como dijo Yack London en su novela «el inevitable hombre blanco», y por eso la traigo como aportación, dado que la conclusión a la que lleguemos en esta cuestión puede determinar nuestro estilo de vida y la forma como nos relacionarnos con los demás.
«Imparable» se puede entender de dos maneras distintas. Por un lado, significa que los seres humanos somos el animal más poderoso del mundo y nadie puede pararnos.
Ni los leones ni los elefantes ni las ballenas. No pueden detenernos. Tenemos mucho más poder que ellos.
Si decidimos destruir el bosque en el que viven o contaminar el océano en el que viven, no pueden hacer nada para evitarlo. No hay ninguna fuerza en el mundo capaz de detenernos.
Por otro lado, el otro significado de «imparable» es que tampoco podemos pararnos a nosotros mismos.
A menudo, poco importa lo que logremos, no nos vale. No nos satisface.
Siempre queremos más. No tenemos límite. Quien tiene un millón dólares, quiere dos.
Quien tiene dos, quiere diez. Siempre es así. Un rey que manda sobre un reino pronto quiere conquistar otro.
Esa es la razón de que siempre causemos tanto caos y estragos por el mundo, porque no sabemos cuándo parar y cómo quedarnos satisfechos con lo que tenemos.
Y eso nos ocurre a nivel personal generalmente y se traslada a una inquietud a nivel social global.
Pero aunque seamos los animales más poderosos del planeta, no implica que seamos los más felices.
Para ser feliz, para estar en paz, no hace falta tener poder, basta con estar satisfecho con lo que tienes. Y eso es algo complicadísimo para los seres humanos. Por eso, durante miles de años, desde la Edad de Piedra, se nos ha dado tan bien ganar más y más poder, volvernos más poderosos, pero nunca se nos ha dado bien convertir ese poder en felicidad.
Podemos constatarlo incluso a nivel individual. Pensad en la gente más poderosa del mundo ahora mismo: los líderes políticos, los presidentes, los primeros ministros y los multimillonarios más poderosos no son gente especialmente feliz. Yo considero que esto afecta a toda nuestra especie.
No dejamos de inventar cosas nuevas, de crear nuevas herramientas, de explorar sitios nuevos, incluso nuevos planetas, con la esperanza de que lo próximo que creemos, el próximo lugar que conquistemos, por fin nos satisfaga y nos haga felices.
Pero nunca llega. Creo que la mayor pega de los humanos del siglo XXI es que tenemos tanto poder que no solo podemos acabar con otros animales, sino que corremos el riesgo de acabar con nosotros mismos.
Si no encontramos la manera de convertir ese poder en felicidad, si no logramos estar satisfechos con lo que tenemos en lugar de seguir aspirando a cada vez más y más, hay muchas probabilidades de que acabemos con nosotros mismos.
Ciertas películas también nos recuerdan que a felicidad no depende de grandes eventos, sino de la actitud con la que se vive.
Perfect Days, es una película que me hizo reflexionar sobre nuestro estilo de vida occidental, y sobre como podemos encontrar la paz interior y transmitirla a los que nos rodean. Hirayama, el protagonista, es un limpiador de urinarios, que representa a una persona que, a pesar de las muchas batallas, frustraciones, desencantos y vivencias que ha tenido, ha encontrado su sitio en el mundo, su servicio, que le proporciona paz.
Hirayama puede entenderse como una metáfora de lo que debería ser un mundo en paz, más humano y amable para todos. Es posible alcanzar la paz interior a través de una actitud de servicio constante a los demás, sin valoraciones, sin depender primordialmente de una contraprestación. Simplemente por satisfacción de servir y por amor. Simplemente por tomar la decisión de amar a los demás como a uno mismo. De prestar el servicio a los demás, en detalle, como nos gustaría que nos los prestaran a nosotros. Aunque no se de cuenta el beneficiado del cariño que le hemos puesto a lo que gracias a nuestro callado esfuerzo disfruta.
Quizás Cristo vino al mundo por ello. Nos indicó el Camino para convertir el poder en Amor. Nos lo enseñó con su nacimiento, su vida contada por los evangelistas, y con su muerte. Llegándonos a perdonar a todos en su Cruz.
Precisamente el peligro apocalíptico de hoy puede ser consecuencia del equivocado estilo de vida que promocionan el ego de unos pocos.