LA COLINA

Siempre imaginé y deseé
poder llegar a permanecer en esa colina apartada
donde solo se puede escuchar
tu Santa y sana presencia;
la ensueño,
la retengo y la propago
por los poros del corazón.

Siento su aroma campestre,
su fresca brisa,
su vegetación,
el respeto y recogimiento multitudinario,
la intemperie en las venas,
una fuerza sublime en las entrañas,
el fuego del amor
de la historia de amor
íntima y personal
de cada cual con Dios,
esa suavidad de tus manos
acariciando la levedad de mi ser
tierna y eternamente,
el gozo que nunca cesa
pese a los vaivenes terrenales.

Nadie sabe cómo y cuánto
anhelé desde siempre
la estancia redentora contigo,
más quisiera
no buscar mi bienestar material
y mi disfrute y placer,
aunque egoístamente todavía lo deseo un poco a mi antojo,
con intensa vergüenza lo digo,
pues ya estoy reconvirtiendo mi deseo
por tu gracia balsámica y sanadora.

Noto tu corazón acariciando el mío,
tus manos en mis labios asombrados,
tu maternal mirada en mis ojos estupefactos.

Estoy allí,
o en cualquier lugar,
¡qué puede ya importar!
y el ambiente de la colina
me descarna,
me arranca el ego de los huesos
y, por ello,
floto ingrávida en el Amor
del que está hecho el Reino,
ese Reino que ya es don,
que ya es nuestro.

Me asumo en tu hoguera,
manantial de fragancia
de rosas de paz
que consume uno a uno,
con su esplendor,
mis apegos de la Tierra,
Madre,
amada Madre, presencia-regalo,
Madre virginal,
nuestra y de Dios,
de tu mano,
y solo junto a ti,
sembrando en tu tiesto infinito
mi grano de mostaza,
llegaré a ser,
con la fuerza que por tu intercesión y cuidado,
salió de tu Hijo en aquellas Bodas,
convertida en Vino Nuevo
mi insípida tibieza,
un verso de su Espíritu Santo,
esa parte de sí que Él,
ambicioso y sediento,
ávido de amor por voluntad del Padre,
ha soñado para cada uno,
engranaje dichoso de armonía,
¡Oh, fértil, fecunda
María de Medjugorje!,
y eso será la Felicidad del Paraíso.

HORTENSIA

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