MAR SALADO

Vivimos en un mundo que glorifica la velocidad, el movimiento, la acción constante. Si no estás haciendo cosas, si no estás corriendo a todos lados, parece que estás perdiendo el tiempo.

Pero ¿y si no es así? ¿Y si parar también es una forma de avanzar?

Es una reflexión que me viene cada vez que recuerdo la positiva incidencia que ha tenido en mi vida la decisión de hacer un Cursillo de Cristiandad. Fueron cuatro días de parada en un momento de mi vida, que cualquiera hubiera pensado que no era el más indicado para parar y reflexionar, sino para seguir actuando.

Hacer un stop es incómodo, rompe la marcha, obliga a detenerse, a mirar a un lado y a otro. Pero una cosa está clara, salva vidas.

En un Cursillo como el que hice te puedes resituar, desde luego, encontrar el sentido de tu vida, la fe, y descubrir el camino que quieres seguir.

Un reloj parado no está roto del todo. Un reloj parado da la hora exacta dos veces al día. Solo necesita que alguien lo ponga en hora. Mientras tanto, está esperando. Y en ese tiempo de espera, acierta. Aunque solo sea dos veces al día.

Tú también aciertas cuando te das permiso para desconectar.

Cuando piensas.

Cuando observas.

Cuando divagas.

Cuando respiras hondo.

¿Sabes cuál es el verdadero problema?

Que confundimos la pausa con la pereza. El descanso con la desgana. Y no. A veces parar es justo lo que necesitas para volver a arrancar con fuerza. Es lo que marca la diferencia entre una acción con sentido y una acción por inercia.

Así que si sientes que estás atascado, que no fluyes, que vas como pollo sin cabeza…

Párate.

Pero párate de verdad.

Mira dentro.

Escucha.

Y decide cuál es el siguiente movimiento. Por donde quieres seguir tú Camino.

Porque ser productivo no es hacer mucho. Es hacer lo que importa.

Y eso, a veces, empieza con una pausa, y en mi caso con un Cursillo de Cristiandad.

Conviene detenerse no por cansancio, ni por una enfermedad, sino por sabiduría; sólo en la quietud, en la soledad de uno, comprendemos el sentido del Camino, y lo que realmente queremos hacer.


Cuentan los persas que hace muchos años en una hermosísima playa vivió en una pequeña casa una mujer que solía caminar por la orilla, y el mar solía rugir para ella en un intento de seducirla, pues el mar se había enamorado de la mujer y la mujer estaba fascinada por el mar.

Cada vez que la mujer se acercaba a la costa le parecía escuchar que el mar le pedía que entrara en el agua. Pero ella sabía que supondría desaparecer, pues era una mujer de sal.

Y cuenta esta leyenda que finalmente, como muchas veces sucede, el amor venció, y la mujer de sal se internó en sus aguas, y nunca más nadie supo de ella, todo el mundo pensó que el mar había destruido, sin embargo cuentan que desde ese día el mar es salado.

Leave a Reply

Your email address will not be published.Required fields are marked *