En medio del ajetreo constante de una capital europea como, donde el ritmo diario está dictado por las prisas en el Metro, las interminables jornadas de trabajo y una densa agenda social entre terrazas y cañas, la vida interior suele ser la primera víctima del asfalto.
Para una persona que se reconoce creyente, pero no se siente plenamente comprometida, absorbido por las dinámicas del que hacer diario, el consumo y la distracción digital, las enseñanzas de los textos evangélicos pueden sonar como ideales lejanos y utópicos.
Sin embargo, esa misma vida alejada de la espiritualidad cristiana, determina que casi de forma imperceptible normalicemos la agresividad, el individualismo y el egoismo. Por ejemplo en la hora punta en el metro, cuando hacemos la compra y toqueteamos toda la fruta, cuando no respetamos una cola en la caja del supermercado, hacemos críticas destructivas en el chat grupal de la oficina, cuando nos insensibilizamos ante las dificultades de un hermano o de personas sin hogar que duermen en la calle.
El examen de conciencia ayuda a evitar este adormecimiento espiritual.El examen de conciencia es, básicamente, pararse un momento para mirar cómo estás viviendo y cómo va tu relación con Dios. No se trata de machacarte pensando en todo lo que haces mal, sino de reconocer con sinceridad qué puedes mejorar y qué cosas te están alejando de la persona que quieres ser.
La idea es hacerlo desde la confianza en Dios, no desde la culpa o el miedo. Por eso, además de reconocer errores, también conviene fijarse en lo bueno que has recibido, dar gracias y pensar en algún cambio concreto.
No es simplemente darle vueltas a uno mismo. Es más bien una conversación con Dios: mirar el día, reconocer lo bueno y lo malo, pedir perdón cuando haga falta y plantearse cómo hacerlo mejor la próxima vez.
Lo importante es ser sincero. Sin excusas, pero tampoco dramatizando. Todos tenemos defectos, caídas y limitaciones. El objetivo no es sentirse mal por ellos, sino conocerlos para poder cambiar.
Conviene hacer este examen con frecuencia, de manera breve y sencilla. Al terminar el día puede bastar con preguntarse cosas como:
- ¿Qué he hecho bien hoy?
- ¿En qué he fallado?
- ¿He tratado bien a los demás?
- ¿He aprovechado el tiempo y cumplido con mis responsabilidades?
- ¿Hay algo que debería pedir perdón o intentar reparar?
- ¿Qué puedo hacer mañana un poco mejor?
Además, de vez en cuando puede venir bien hacer una revisión más tranquila y profunda para ver cómo está yendo nuestra vida en conjunto.
Hay dos maneras de enfocarlo. El examen general consiste en revisar el día en su conjunto. El examen particular se centra en una sola cosa que queremos mejorar: por ejemplo, tener más paciencia, ser más ordenados, hablar mejor de los demás, trabajar con más atención o dedicar más tiempo a la oración.
Es mejor centrarse en adquirir una cualidad positiva que obsesionarse con eliminar un defecto. En vez de pensar únicamente «tengo que dejar de ser impaciente», puede resultar más útil proponerse «quiero aprender a escuchar y reaccionar con más calma».
En resumen, el examen de conciencia sirve para conocerse mejor, acercarse más a Dios y mejorar poco a poco. No busca la perfección inmediata. Se trata de detectar lo que falla, agradecer lo bueno, corregir lo necesario y volver a empezar cada día.
En nuestra vida cotidiana no se trata de arrancar lo que creemos que es nuestra cizaña con violencia, sino actuar con nuestras virtudes con paciencia.
Muchas personas que tienen un despertar de fe, tienen la tentación de querer cambiar radicalmente su vida con decisiones impulsivas y desordenadas. Por ejemplo alejarse de amigos que no comparten su fe o renunciar a un empleo en el que ahora entienden que les aleja de su fe. Pero la parábola del trigo y la cizaña del Evangelio de San Mateo ( cap 13, 24-30) enseña a ir despacio: permitir que el trigo y la cizaña convivan pacientemente. El foco no debe estar en amputar, sino en sembrar amor concreto y cotidiano, evitando con sentido común de aquello que nos alja de Cristo, como cierto contenido digital, determinados ambientes o incluso determinados hábitos o forma de alimentarnos y de vivir.