El resurgimiento de los proyectos de cohousing y las comunidades intencionales en el siglo XXI no responde únicamente a necesidades habitacionales o económicas. En su raíz, representa un anhelo profundo de reconexión relacional, una búsqueda activa de significado y una respuesta colectiva ante la fragmentación social de las ciudades modernas.
Esta entrada integra las visiones del sociólogo y educador Ignasi de Bofarull, quien analiza el cohousing desde la óptica comunitaria y la Doctrina Social de la Iglesia, y de la psicóloga y teóloga Dra. Marije Goikoetxea, quien aborda la espiritualidad como una dimensión humana transversal indispensable para sostener estos proyectos de vida compartida.
1. El desgaste urbano y el retorno necesario a la comunidad
Para comprender el atractivo contemporáneo del cohousing, es indispensable analizar la transformación histórica de la estructura familiar. Como explican clásicos de la sociología como Émile Durkheim, Max Weber y Ferdinand Tönnies, el proceso de industrialización y urbanización acontecido en los últimos dos siglos alteró sustancialmente los lazos sociales tradicionales. La familia experimentó una transición radical: dejó de ser una unidad de producción rural, agrícola y comunitaria —donde varias generaciones convivían y cooperaban en el mismo espacio físico— para convertirse en una unidad de consumo eminentemente urbana. En este nuevo ecosistema, el trabajo asalariado se separó del hogar y la familia extensa dio paso a una estructura nuclear más reducida, aislada y sujeta a los vaivenes de la economía de mercado.
Esta evolución ha desembocado en lo que Bofarull define como una ciudad inhóspita y fría, gobernada por los intereses financieros de un capitalismo desregulado. Las crisis económicas sucesivas, la precariedad laboral debida a una competencia global estresante y la especulación inmobiliaria —agravada recientemente por fenómenos como los pisos turísticos— han hecho que fundar y sostener una familia resulte económicamente prohibitivo para las clases medias y bajas, provocando un descenso drástico en la natalidad. El aislamiento resultante alimenta una auténtica epidemia de soledad. Las proyecciones estadísticas reflejan esta alarmante fragmentación: de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE), para el año 2039 los hogares unipersonales alcanzarán la cifra de 7,7 millones, representando el 33,5% del total en España. Ante esta intemperie social, la familia y el círculo de amigos siguen funcionando como un colchón afectivo y de resistencia material indispensable, pero con frecuencia se ven desbordados por el individualismo imperante.
Es precisamente en esta coyuntura donde surge la necesidad de regresar a una comunidad visible y cohesionada. Frente al ritmo urbano desgastador y el consumo insaciable, los ciudadanos albergan la nostalgia de relaciones más estables y espacios de reciprocidad. La propuesta de una «familia de familias», encarnada en proyectos de cohousing y comunidades intencionales, se presenta como una alternativa para recuperar el capital social familiar, ahorrar costes, eludir la especulación del suelo y construir entornos pacíficos donde la vida humana pueda desarrollarse con dignidad.
2. El Cohousing como Proyecto de Sentido: Eudaimonía frente al Hedonismo
Desde la perspectiva psicológica y existencial que plantea la Dra. Marije Goikoetxea, el cohousing no debe entenderse como un simple acuerdo pragmático entre vecinos o un intercambio mercantil de servicios. Al contrario, un proyecto de esta envergadura constituye una propuesta de eudaimonía, el concepto aristotélico de felicidad entendido como autorrealización profunda, vivencia de valores éticos y compromiso social. Se diferencia radicalmente de la felicidad puramente hedónica, la cual persigue satisfacciones o placeres inmediatos y efímeros —como consumir un producto de moda o, en términos cotidianos, tomar un helado— que no generan un sentido duradero a largo plazo.
La eudaimonía en el cohousing exige lo que Bofarull denomina una austeridad que libera o simplicidad de vida. Consiste en la decisión consciente de reducir voluntariamente el nivel de consumo, desvincularse de la competencia frenética por la adquisición material y aprender a vivir con menos en el plano físico para poder apuntar alto en el plano del espíritu. Al desenamorarse de las cosas y enamorarse de las personas, el cansancio y el estrés de la vida hiperacelerada dan paso al silencio, la concordia y el disfrute de las relaciones sencillas y gratuitas. En lugar de buscar evasiones inverosímiles de veraneo, el verdadero plan comunitario se articula en actividades de bajo impacto y alto valor humano: excursiones que parten desde la puerta del hogar, comidas saludables o la simple reunión colectiva alrededor de una chimenea.
«La comunidad es un lugar cálido, acogedor y confortable… aquí nos sentimos seguros, no hay peligros… nunca somos extraños los unos para los otros… podemos contar con la buena voluntad mutua. Si nos tropezamos y caemos, otros nos ayudarán» (Zygmunt Bauman, Comunidad, 2009).
Este modelo de convivencia, por tanto, permite a las personas realizar la transición existencial que describe Goikoetxea: dejar de ser vagabundos para convertirse en caminantes. Mientras que el vagabundo vaga sin rumbo, dejándose llevar por las inercias externas de la sociedad de consumo (como el caballo de la parábola budista que corre sin que el jinete sepa hacia dónde), el caminante posee un proyecto con significado propio. Al final del día, el caminante puede acostarse con la convicción íntima de que su jornada no consistió simplemente en «durar» o sobrevivir, sino en vivir aquello que verdaderamente merece la pena.
3. Los pilares espirituales de la Vida Comunitaria: Moral, Esperanza y Confianza
La Dra. Goikoetxea sostiene que todo proyecto de cohousing de alta intensidad relacional es, fundamentalmente, un proyecto espiritual. La espiritualidad se define aquí como una dimensión humana universal y transversal —independiente de la práctica religiosa institucional— que busca responder activamente a los fines de la existencia. Para que una comunidad intencional funcione y no se degrade en una mera asociación de vecinos utilitarista, debe sostenerse de manera equilibrada sobre tres pilares espirituales interconectados:
- El Pilar Moral: Es el compromiso de responsabilidad ética ante los valores compartidos del grupo. Implica que cada miembro asume sus deberes prácticos, económicos y de gobernanza de forma rigurosa y coherente, reconociendo que sus acciones individuales afectan directamente la viabilidad del proyecto común.
- El Pilar de la Esperanza: Es la actitud existencial de mantener la moral alta frente a las dificultades inevitables del camino, lo que la filósofa Adela Cortina define como estar «alto de moral». La esperanza comunitaria permite creer que, pese a los contratiempos o la incertidumbre, el esfuerzo colectivo tiene un sentido intrínseco. Es la convicción de que, como apuntaba Václav Havel, el proyecto ha merecido la pena por su valor ético, independientemente del éxito o fracaso final del mismo.
- El Pilar de la Confianza (El Núcleo Espiritual): Considerado el componente más nuclear de la espiritualidad, se fundamenta en la aceptación consciente de nuestra propia vulnerabilidad y autoinsuficiencia. El ser humano necesita de lo que no es para realizarse plenamente. En el cohousing, esto se traduce en la disposición a ser sostenido por los demás cuando las propias fuerzas flaqueen. Es una experiencia de entrega y abandono en la buena voluntad de la comunidad.
Ambas fuentes diferencian con claridad el concepto de espiritualidad laica del de confesión religiosa. Mientras que la espiritualidad es la base existencial de confianza, responsabilidad y esperanza compartida, la confesión religiosa es una de las vías tradicionales para estructurar estos elementos a través de un lenguaje dogmático y litúrgico específico. Esto se ilustra claramente al contrastar ambos textos: mientras Goikoetxea defiende un marco espiritual transversal apto para cualquier comunidad laica, Bofarull propone una concreción de este anhelo en clave estrictamente cristiana. Su propuesta de cohousing familiar cristiano aboga por comunidades donde cada familia mantiene su propiedad segregada y su independencia, pero se agrupa voluntariamente en torno a un templo abierto, un párroco asequible, una pequeña escuela rural multinivel y un proyecto educativo explícito que guíe la crianza de sus hijos bajo las virtudes del Evangelio y las directrices de la Doctrina Social de la Iglesia.
4. La Gestión de la Fragilidad y el Cuidado Mutuo: Ser Ola frente a Ser Mar
Una verdadera comunidad espiritual se distingue de una mera sociedad instrumental por su capacidad para integrar el sufrimiento, el declive físico y la muerte en el transcurrir cotidiano.
Goikoetxea advierte que construir lazos profundos basados en la confianza es una apuesta que entraña un riesgo inevitable: el dolor profundo ante la posibilidad de la traición o la pérdida. La quiebra de la confianza por parte de alguien en quien nos hemos apoyado resulta extremadamente dolorosa. Sin embargo, este riesgo es preferible a la alternativa del aislamiento defensivo. Citando la película Tierras de penumbra (sobre la vida de C.S. Lewis), Goikoetxea recuerda que «el dolor de hoy es consecuencia del amor de entonces». El sufrimiento ante el duelo es el reverso necesario e inevitable de haber construido relaciones genuinamente valiosas.
Para responder satisfactoriamente a las necesidades espirituales en etapas de vejez o enfermedad, el cohousing debe ejercitar la práctica de darnos cuenta y detenernos, contrarrestando la prisa que inhibe la autoconciencia. En los momentos de fragilidad, el mayor sufrimiento humano suele provenir de la pérdida de control sobre la propia vida. Es ahí donde el cohousing actúa como un espacio de entrenamiento espiritual inigualable a través de la metáfora de la ola y el mar:
Durante la juventud y la madurez activa, las personas suelen comportarse como olas: luchan por ser la ola más fuerte, con mayor espuma, la que impacta con más ímpetu. No obstante, al aproximarse el acantilado del final de la vida, la ola pierde irremediablemente su fuerza, experimentando angustia si se percibe a sí misma de manera aislada. El entrenamiento en comunidad enseña a trascender esta identidad individual para descubrir la pertenencia a una totalidad protectora: aprender que, al deshacerse como ola, uno no desaparece, sino que se integra en la inmensidad del mar.
En conclusión, tanto la propuesta de cohousing cristiano y rural de Ignasi de Bofarull como la perspectiva existencialista de la Dra. Marije Goikoetxea apuntan hacia un mismo horizonte transformador. El cohousing representa mucho más que un modelo urbanístico alternativo o un mecanismo de ahorro material; constituye un ecosistema de resistencia espiritual frente a la intemperie de la sociedad líquida. Al amparo de valores compartidos, la austeridad liberadora y la confianza recíproca, las personas pueden dejar de ser náufragos o vagabundos solitarios para convertirse en caminantes que transitan, acompañados y sostenidos, la hermosa aventura de vivir con sentido.