ULTREYA

Quiero hablarte de algo que, si lo entiendes ahora, te puede cambiar la manera de ver tu fe, la relación con tu familia, con tus amigos y tu forma de estar y vivir.

En el Nuevo Testamento, los capítulos 14-17 del Evangelio de Juan se conocen como el Discurso de Despedida dado por Jesús a once de sus discípulos inmediatamente después de la celebración de la Última Cena en Jerusalén, la noche antes de su crucifixión.

El discurso es generalmente visto como teniendo componentes diferenciados. En primer lugar, Jesús dice a sus discípulos que él se iba al Padre, quien enviaría el Espíritu Santo para guiarlos. Jesús concede paz a los discípulos y les manda amarse los unos a los otros. La expresión de la unidad de amor entre Jesús y su Padre, en el Espíritu, aplicándose a sus discípulos en el amor de Cristo, es un tema clave en el discurso, que se manifiesta por varias reiteraciones del Nuevo Mandamiento: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Dicho con franqueza: Jesús no nos pidió que fuéramos buena gente. Nos pidió algo bastante más radical, y bastante más difícil. Amar hasta el final, hasta el extremo (Jn 13,1), incluso a quien te falla, incluso a quien te traiciona —recuerda que Judas estaba sentado a aquella mesa cuando él dijo todo esto—.

Y aquí surge la pregunta honesta, la que probablemente tú mismo te has hecho alguna vez: ¿y cómo voy yo a amar así? ¿De dónde saco yo esa fuerza?

Esa es exactamente la pregunta correcta. Y la respuesta de Jesús es lo que viene después.

«Me voy, pero no os dejo solos»

Imagínate la escena. Llevan tres años con él. Han dejado familia, oficio, planes. Y de repente, en mitad de la cena, él les dice que se va. Que adonde él va ellos no pueden seguirle todavía. Pedro entra en pánico, Tomás no entiende nada, Felipe pide una señal. Es muy humano: cuando amas a alguien, su marcha te aterra.

Felipe dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.» (Jn 14,8)

Es una petición preciosa y a la vez ingenua. La respuesta de Jesús es uno de los momentos más altos del evangelio, y contiene un punto de reproche cariñoso:

«Hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo, pues, dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí?» (Jn 14,9-10)

Es decir: Felipe está pidiendo lo que ya tiene delante. Lleva tres años viendo al Padre y no se ha dado cuenta. Hay algo muy humano —y muy útil para nosotros— en esta petición de Felipe. Nosotros también pedimos a menudo «señales» para creer: una experiencia espectacular, una prueba contundente, un milagro a la carta. Y la respuesta de Jesús a Felipe vale también para nosotros: la «señal» definitiva ya nos ha sido dada, y se llama Jesucristo. Quien lo mira a Él, mira al Padre. No hace falta otra cosa.

Y entonces Jesús dice una de las frases más conmovedoras del evangelio: «No los dejaré huérfanos: vuelvo a ustedes» (Jn 14,18). Y añade: «Les dejo la paz, les doy mi paz… Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo» (Jn 14,27).

Fíjate bien en lo que está haciendo. No les promete que les van a quitar las dificultades —de hecho, les avisa que los van a perseguir—. Les promete algo distinto: una paz que no depende de las circunstancias. Una compañía que no se va a interrumpir. Por eso, ya resucitado, lo último que les dice antes de subir al Padre es: «Yo estoy con ustedes todos los días» (Mt 28,20).

El Espíritu Santo —al que los antiguos llamaron Paráclito, una palabra griega que significa a la vez Consolador, Abogado, Defensor, Intérprete— no es un sustituto rebajado de Cristo. Es el modo definitivo en que Cristo se queda en cada uno de nosotros y en los creyentes de las generaciones que nos sigan hasta el fin del mundo.  Es un anuncio que les hizo, pero dirigido a toda la humanidad: “está en cada uno de los que aman a Dios, en todos los que tienen fe en Cristo, hasta el fin del mundo”.

Lo importante no es tener dicha verdad, conocerla. Lo importante es que la verdad nos tenga a nosotros, que Cristo, nos tenga con Él.

Jesús, en la noche que instaura la eucaristía, para ello nos dijo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14,15)

«El que conoce mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y mi Padre amará al que me ama a mí, y yo también lo amaré y me mostraré a él.» (Jn 14,21)

«Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras.» (Jn 14,23-24)

«Si guardan mis mandatos, permanecerán en mi amor, así como yo permanezco en el amor del Padre, guardando sus mandatos.» (Jn 15,10)

Por lo tanto, estar con Cristo requiere seguir un Camino de santidad. Su Camino. No es fácil. Requiere esfuerzo, es duro. Disciplina y constancia. También tiene sus recompensas, y estas también hay que disfrutarlas, pues ayudan a seguir adelante. A levantarte día a día. Etapa a etapa, hasta el ideal, hasta Cristo, hasta el Padre. Ultreya. Buen Camino.

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