Hay ciertas cosas que han cambiado, y que pueden utilizarse no para bien. Como cierto periodismo modernizado con los nuevos medios de comunicación, ahora con más poder de difusión, que sigue a la caza de la noticia morbosa, sabedor que es la que mejor se paga, la que más audiencia tiene.
Había una vieja máxima del periodismo amarillista que decía: «no dejes que la verdad te estropee un buen titular». Algunos profesionales de la comunicación hacen uso de esa máxima reformulada de la siguiente forma: «no dejes que la verdad te estropee un storytelling conmovedor». En ese contexto, la persona más inteligente en una habitación llena de gente no es la que más habla, sino la que sabe cuándo quedarse en silencio.
Mientras millones de personas alimentan constantemente sus perfiles con fotos y frases cuidadosamente seleccionadas, otro grupo creciente tienen redes sociales, si; pero no publican, no participan normalmente, simplemente observan, o se mantienen al margen.
La imagen de una persona depende hoy no solo del respeto ganado a través del esfuerzo y servicio diario, sino también de la imagen en las redes sociales. En la relación y comportamiento personal con las redes sociales, cabe preguntarse: ¿estoy siendo fiel a mí mismo o estoy interpretando un papel?. ¿Estoy viviendo mi vida o estoy documentando una versión editada de ella? ¿Me siento más feliz después de usar redes sociales o me siento peor? ¿estoy siendo instrumentalizado cuando veo o retransmito determinada información por redes?
Voy a poner un ejemplo de un reciente caso que no se tuvo conciencia de estar dando una ponencia en este nuevo contexto. Un caso polémico de un Juez que hizo unas afirmaciones en una conferencia de la que era ponente, en un colegido de abogados, sobre las órdenes de protección, realizando unas afirmaciones expontáneas y poco prudentes, que grabadas, fueron utilizadas fuera del contexto genérico en que las hizo y del foro donde las hizo, para enlazarlas con uno de los casos concretos que instruía, al que en absoluto quería dicho Magistrado referirse, pues entre otras cosas pesa sobre el mismo el secreto de sumario.
Pero este error de forma y momento, dió lugar a una feroz campaña de desprestigio contra dicho Magistrado en las redes, y a un dolor y daño de la reputación de nuestro sistema judicial.
No creo que sea lo mejor para los intereses de nuestra institución judicial y para la abogacía que se puedan realizar campañas de este tipo, aunque se realicen desde el derecho a la información, que en este caso, creo que se ha dado una información distorsionada en el contexto y en cuanto al fondo.
La conclusión que puede sacarse de casos como el de esa ponencia es que, si introduces cámaras en estos entornos, la condición humana hará que alguien utilice la grabación fuera de contexto, dándole un alcance a las palabras del que habla que ni imaginaba que pudieran tener, y muchas veces en perjuicio de la persona que las emite, tratando en algunos casos de destrozar su reputación. Es una dinámica que he visto varias veces.
Por favor, no introduzcamos esa peligrosa dinámica dentro de nuestro sistema judicial, ni en los foros jurídicos, y menos en las vistas o comparecencias de los juzgados.
Nuestros tribunales trabajan, intentan poner paz y resolver situaciones litigiosas, con enorme carga judicial y escasos medios. Los operadores jurídicos no somos actores. Esa dinámica lleva a la desmotivación del jurista de buena fe y promotor de soluciones consensuadas.
Los jueces quieren ser jueces por lo que deciden, y por lo que escriben en sus resoluciones, por encima de otras cosas, incluso de sus propias opiniones. No son “plazas” judiciales por lo que hablan.
Estas campañas sin que pueda al que se dirigen diefenderse con los mismos medios que el que las realiza, creo que forma parte de un interés de degradación del colectivo judicial que hoy, por determinados interesados, se persigue.
Pero los jueces han accedido a la carrera judicial para defender nuestros derechos, lo de los ciudadanos, y es fundamental para los que queremos vivir en un estado de derecho que los defendamos, o al menos los respetemos; independientemente de que sus sentencias podamos apelarlas si creemos que no amparan suficientemente el derecho cuya tutela les hemos solicitado y creemos nos corresponde.