Cuenta el evangelista Mateo que un día al volver a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto para el templo, y le preguntaron si su maestro pagaba el impuesto del templo, y Pedro contestó que “claro que si”, y se fue su casa. Jesús, que estaba en casa de Pedro, se anticipó a lo que le podía preguntar al efecto Pedro, y le pregunto: Simón, quienes pagan impuestos o contribuciones a los reyes de la tierra: ¿sus hijos o los extraños?. Pedro contestó: los extraños. Jesús le dijo: “los hijos, pues no tienen por qué pagarlo. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, vete a la playa, echa el anzuelo, el primer pez que pique abre la boca. Hallarás ahí una moneda de plata: tómala, paga por mí y por ti.
Es decir, los hombres, hijos de Dios, no tienen que pagar ninguna contribución por vivir en la tierra, sin embargo, en nuestro tránsito por el mundo no debemos escandalizar, y contribuir con nuestras responsabilidades civiles. Por eso también dijo en cuanto a nuestras obligaciones derivadas de la ley, como es pagar impuestos, dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Pero, aunque vivimos en un mundo con leyes y obligaciones, nuestra verdadera identidad y propósito vienen de nuestra relación con Dios.
En cuanto a la forma en que nos tenemos que relacionar con el mundo, el evangelio de Marcos, también relata que en los discípulos un día se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿quién es el más grande en el reino de los cielos?.
Entonces Jesús llamó a un niñito, y lo colocó en medio de los discípulos, y dijo: “Les aseguro que si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar al reino de los cielos. El que se hace pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos, y el que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe. Si alguien hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarrar han al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más hondo del mar.
¡Ay del mundo que es causa de tantas caídas! Es necesario que se presenten estos escándalos, pero,¡ay del que hace caer a los demás!
Si tu mano tu pie te arrastra el pecado, córtatelo y tira a lo lejos; pues es mejor para ti entrar en la vida manco cojo, que ser echado al fuego eterno con tus dos manos sito en los pies. Y si tu ojo te arrastra el pecado, arráncalo y tíralo; es mejor para entrar tuerto a la vida que será arrojado con tus dos ojos al fuego del infierno. Tengan cuidado de despreciar alguno de estos pequeños, pues les digo que sus ángeles en el cielo, contemplan sin cesar la cara de mi padre que está en los cielos. Porque el hijo del hombre ha venido a salvarlo perdido”.
¿No les parece que esta enseñanza es de la máxima importancia teniendo en cuenta las consecuencias que implican no comportarse como un niñito que cree en Cristo?
¿Pero qué significa ser como niños?
Creo que significa que vivamos en nuestro ambiente, nuestro mundo espiritual personal, sin tener en cuenta el ambiente en el mundo global. Con el amor y la inocencia de un niñito, humildemente, necesitado para todo de la protección de Dios, aunque el ambiente del mundo sea otro.
¿No hace eso un niñito normalmente?
Es así como podremos ser sal o luz en el mundo.
No puedo modificar el ambiente del mundo, pero sí puedo actuar en mi mundo.
No puedo luchar contra la injusticia del mundo, pero si luchar contra mí mismo.
Es importante tener presente que al igual que un peregrino sabe que Santiago es una realidad, a la que puede llegar, enfocando su esfuerzo para llegar, la vida eterna es una realidad, es nuestro Santiago, y nuestro caminar diario es un camino de perfección que nos lleva a ella, a la que llegaremos a través de la muerte.
Debemos estar en el mundo, pero sentirnos en su borde, en su limbo, en el limbo de los justos, donde podemos tener conexión con las personas que nos han querido y precedido en este tránsito, y que nos pueden ayudar en nuestras dificultades en nuestro caminar hacia Santiago, si se lo pedimos.
