- La paradoja psicológica y la vivencia emocional
- El origen del término frente a la realidad: Aunque la palabra «jubilación» proviene etimológicamente de júbilo o alegría, existe una clara paradoja psicológica en su vivencia.
- Emociones contrapuestas y mensaje social: Socialmente se transmite un mensaje marcado por el positivismo («por fin vas a descansar», «tiempo libre para lo que quieras»). Sin embargo, muchas personas experimentan un choque emocional acompañado de incertidumbre, miedo, tristeza o enfado. Cuando lo que se siente internamente choca con la expectativa social de felicidad, puede surgir un sentimiento de culpabilidad.
- Desestabilización de la rutina: Incluso cuando la jubilación es deseada o buscada con ganas, el cese de la actividad laboral provoca un cambio brusco que desestabiliza al individuo al romper el esquema de horarios habituales y la estructura semanal.
- La jubilación como proceso de adaptación
- Connotación de transición: La jubilación debe entenderse como un proceso de adaptación y transición que requiere darse tiempo.
- Duración temporal: Diversos autores sitúan la duración de este proceso de adaptación entre uno y tres años. La velocidad de adaptación varía según la red de apoyo familiar y social, los gustos personales, el nivel de actividad y el grado de preparación previa.
- Marcos teóricos de referencia:
- Erikson: Centra el análisis en el sentido de la vida y la identidad en el envejecimiento.
- Atchley: Concibe la jubilación como una adaptación mediante la cual se mantiene la actividad sustituyendo los roles que se pierden.
- Puntos en común: Todos los marcos teóricos coinciden en que la jubilación requiere tiempo, afrontar cambios y reorganizar, reinventar y redefinir objetivos y preferencias.
- Pérdidas simbólicas y microduelos
El proceso de la jubilación es comparable con el proceso de transformación de una mariposa, en el que se experimentan microduelos y pérdidas simbólicas:
- Pérdida de la identidad personal: Al responder a la pregunta de quiénes somos, es habitual utilizar el rol profesional («soy médico», «soy maestra»). Al cesar en el cargo, la identidad personal se tambalea.
- Pérdida de la estructura temporal: Se pierde el «andamiaje» cotidiano constituido por los horarios de trabajo, los descansos y los fines de semana.
- Pérdida de estatus o sentido de contribución: En profesiones vocacionales, asistenciales o con gestión de equipos, se puede experimentar la pérdida de cierto poder, estatus o del sentido de utilidad.
- Claves y recomendaciones para la preparación a la jubilación
- Preparación previa: Anticiparse antes de que llegue el momento, planteándose activamente qué cosas se quieren probar, cuáles se desean continuar haciendo y cuáles se prefieren dejar atrás.
- Apoyo entre iguales: Buscar el contacto con personas que estén atravesando o hayan superado ya el proceso para sentirse comprendido.
- Aceptación emocional y desvinculación de roles: Normalizar la convivencia de emociones incómodas (miedo, aburrimiento) con emociones positivas (entusiasmo). Asimismo, comprender que la persona es mucho más que su puesto de trabajo (madre/padre, hermano/a, voluntario/a, lector/a, etc.).
- Reconstrucción de rutinas saludables: Establecer un nuevo esquema diario basado en hábitos fundamentales de sueño, alimentación, relaciones sociales y actividad física.
- Actividad física realista y constante: Debe primar la constancia sobre la intensidad; es aconsejable que sea una actividad agradable, realizable en el tiempo, al aire libre y en compañía.
- Evitar la hiperocupación («brújula antes que reloj»): No llenar la agenda compulsivamente para evitar transformar la jubilación en un «nuevo trabajo estresante». Resulta preferible guiarse por una brújula que marque la dirección hacia lo que genera bienestar.
- Estimulación cognitiva: Recuperar aficiones o aprender nuevas habilidades (como idiomas) con la motivación del disfrute y el bienestar personal, no de la productividad.
- Autonomía y libre elección: Desvincular la jubilación de la idea de dependencia, entendiéndola como una etapa de autonomía en la toma de decisiones y en la elección libre de las relaciones sociales.
SI TE VAS A JUBILARTE Y ERES CRISTIANO:
Al parecer la palabra jubilación es de origen hebreo. Cada 50 años se declaraba en Israel el año de “jubileo” que traía consigo el perdón de las deudas y la libertad de los esclavos. Obviamente, no era un período de tristeza, sino de profunda alegría, y por eso la palabra júbilo que tiene que ver con una viva alegría exteriorizada.
En lugar de ver la jubilación como un tiempo de inactividad, podemos verla como una temporada para ser mentores de las generaciones más jóvenes, ser voluntarios en nuestra iglesia o comunidad, e invertir en las relaciones con la familia y los amigos. Por ejemplo, transmitiendo conocimientos evangelicos o de lo que dominemos, apoyando misiones o ayudando con necesidades prácticas en nuestro vecindario, como proporcionar comidas o cuidado de niños, especialmente a nuestros nietos si los tenemos, y apoyando más intensamente en nuestro propio entorno familiar y a los amigos.
Pero ojo, los demás, nuestra familia y amigos, deben entender que no nos convertimos en la tata o en el chico de los recados, sino que lo hacemos libremente por amor, sustituyendo nuestro cometido laboral por la oportunidad de prestar más apoyo a las responsabilidades de los más cercanos.
La jubilación también puede permitirnos utilizar nuestras habilidades y experiencias de maneras que se alineen con los propósitos de Dios, como reconducir relaciones deterioradas si es posible que las ocupaciones del tiempo laboral nos impedían dedicarnos a esas personas, la consultoría, el coaching o la prestación de servicios gratuitos a los necesitados. Aunque el descanso es importante, la jubilación es una oportunidad para reorientar nuestro enfoque y dedicar nuestro tiempo y energía a preparar nuestro transito al que de forma natural ya nos acercamos si es que hemos vivido más centrados en este mundo que en la vida eterna a la que aspiramos.
Nuestra misión como Cristianos nunca termina. Nuestro propósito último va más allá de un empleo. Nunca somos demasiado viejos para servir a Dios y a los demás. Tampoco somos nunca demasiado viejos para que Dios obre en nosotros y nos haga crecer. Moisés tenía ochenta años cuando sacó a los israelitas de Egipto (Éxodo 7:7), y Abraham fue padre de Isaac a los cien años (Génesis 21:5), cumpliendo una promesa que dio forma a la historia.
Los desafíos que surgen con la edad, como los problemas de salud o las perdidas derivadas del paso de los años o circunstancas dolorosas de nuestra vida, pueden ser un medio de fortalecimiento de nuestra fe y también el como las afrontamos son un ejemplo para los demás. Hasta nuestro último aliento, Cristo sigue a nuestro lado, y cuenta conmigo. De Colores¡¡¡.