Nos pilló a todos de sorpresa el apagón del 28 de abril de 2025. En esta entrada quiero hablarte de algo que me hizo reflexionar.
Imagínate: tengo una madre de 98 años, que vive en un piso 19, y la cogió el apagón sin agua guardada y sin ascensor. Para estar con ella tuve que ir con una pequeña bicicleta y, subir los 19 pisos, bajarlos y volver a subirlos, para poder conseguir agua o un liquido que la mantuviera hidratada, estando las tiendas cerradas pues no funcionaban las cajas. La bici se quedó aparcada en el portal, donde había dos sillas de ruedas también aparcadas, como un recordatorio silencioso de que hay gente para la que el mundo sin electricidad es su día a día.
Antes de ir a ver como estaba mi madre, fui con mi hija a recoger a mi nieto a la escuela infantil. Toda una odisea atravesar Plaza de Castilla. Muchos niños no pudieron regresar a casa a tiempo, porque suspendieron la ruta. Los padres llegaron en muchos casos a buscarles muy pasada su hora de salida normal. Algunos, del miedo y por la incertidumbre, acabaron haciéndose las necesidades encima.
También me acordé de Hortensia, con la que durante años hemos compartido vivencias en juicios de familia, ella como estenotipista. Para ella, invidente, ayer fue simplemente un lunes más.
Pero ¿quieres saber qué me llenó de satisfacción?
La oportunidad que tuve de ser útil como abuelo colaborando con mi hija en el rescate de mi nieto. Sentir como mi madre agradecía la ayuda que le prestaba para no estar sola en esos momentos y conseguirle agua. Ver como muchos conductores de coches, no solo no se ponían nerviosos, sino que cedían el paso a los viandantes, especialmente si eran niños o ancianos los que tenían que cruzar la calzada cuando no funcionaban los semáforos. Ver como los vecinos de mi madre socializaban en el portal entre ellos y con el portero. El que un señor que vendía horchata en un puesto de calle me vendiera un litro que me tomé con mi madre y la persona que la cuida diariamente y nos supo a gloria. Vi en la calle solidaridad, aceptación, y amistad.
Sentir que en Madrid se volvía a los 80/90. Sin WhatsApp. Sin Instagram. Sin esa extensión de la mano llamada smartphone.
De vuelta a casa, tras atravesar Madrid en bicicleta de noche, dejando a mi madre en la cama, cuando llegué, ya había de nuevo llegado la luz a mi casa, y mi mujer estaba viendo el programa que sigue a esas horas, pero apagamos la televisión, preferimos contarnos nuestra experiencia sobre el día, sin pantallas de fondo, sin ruidos.
Descubrí que la sobreexposición a las pantallas en la que andamos muchos, nos convierte en seres dispersos y poco empáticos. Me descubrí con dependencia a las pantallas, a una relación con los demás muy dependiente de un móvil, a mi dosis de dopamina a través de mis grupos de WhatsApp.
Ayer, nos desconectaron a la fuerza. Y qué tuvo su lado bueno.
Porque vivir hiperconectados no es vivir. Es sobrevivir aturdidos.
Quizás ha llegado el momento de aprender a desconectar antes de que nos obliguen a hacerlo otra vez.
Piénsalo. No esperes otro apagón.