Al levantarnos por la mañana, incluso antes del primer cafe, conviene tener un momento, aunque solo sea diez minutos, para respirar profundamente, y pensar en todo aquello por lo que podemos dar gracias.
Podemos agradecer la salud, una casa, el amor de la pareja, la familia, los amigos y la presencia de personas que nos quieren y respetan. También podemos agradecer disponer de un trabajo, el que lo tenga, o algún objetivo que dé sentido a nuestra vida y nos permita servir, ser útiles y hacer un poco más fácil el camino de los demás.
Pero es posible que atravesemos una enfermedad; hayamos perdido el trabajo; suframos una ruptura; vivamos solos; echemos de menos a alguien; o no tengamos todavía un propósito claro. Agradecer no significa negar esas carencias, disimular el dolor ni fingir que todo va bien. Significa reconocer que, incluso en medio de lo que falta, algo permanece: una persona que nos acompaña, una posibilidad que todavía no hemos explorado, una experiencia que puede ayudarnos, una pequeña fuerza para levantarnos o, sencillamente, un nuevo día en el que podemos volver a intentarlo.
También podemos dar gracias por mantener diariamente una disciplina, y buscar unos objetivos, aunque a veces hayamos sido débiles y nos hayamos dejado llevar por sentimientos o el cansancio; pero podemos dar gracias por procurar ser una ayuda y no una carga para quienes nos rodean. Esto no exige convertirnos cada mañana en una especie de superhéroe con capa, sino recordar que nuestra vida conserva su sentido y que aún tenemos algo que aportar.
Agradezcamos también no vivir dominados por la envidia, saber disfrutar de lo que tenemos y, sobre todo, poder compartirlo. Quien disfruta únicamente acumulando termina siendo el guardián de un almacén. Quien comparte convierte lo que posee en algo verdaderamente valioso.
La respiración y el agradecimiento son fundamentales para orientar cada jornada. Nos ayudan a superar nuestra parte más impulsiva y primitiva —ese pequeño animal interior que algunas mañanas se despierta antes que nosotros y ya viene protestando— y a vivir el día como verdaderas personas: conscientes, responsables y dueñas de nuestros actos.
El enfoque de la primera hora puede marcar el resto de la jornada. Esa jornada del hoy, que podemos vivir en un enfoque egoísta, o con valores superiores, como son la justicia, la misericordia y la gracia.
Actuamos con justicia cuando damos a cada uno lo que le corresponde: cuando cumplimos nuestra palabra, pagamos lo debido, respetamos las normas y desempeñamos honradamente nuestro trabajo. Si alguien nos paga un sueldo y hemos asumido unas obligaciones, lo justo es trabajar con responsabilidad y procurar ser productivos. La justicia no comienza necesariamente con grandes discursos; muchas veces empieza cumpliendo bien lo prometido.
Pero podemos dar un paso más y actuar con misericordia. Eso significa acercarnos al dolor de los demás, comprender sus circunstancias, ofrecer ánimo, dar un buen consejo cuando nos lo pidan y acompañar a quien lo necesite, sea quien sea. A veces no podremos resolver el problema de otra persona, pero sí podremos evitar que tenga que afrontarlo completamente sola, sin la comprensión de la persona que puede ayudarle.
Pensemos en una enfermera, puede hacer su trabajo friamente, o con una ternura o una delicadeza que todos apreciamos en esos momentos que tenemos que acudir a un centro de salud, o permanecer ingresados en un hospital.
Y todavía podemos avanzar un poco más: actuar con gracia. La gracia consiste en entregar algo verdaderamente nuestro sin estar obligados a hacerlo: nuestro tiempo, nuestros conocimientos, nuestro patrimonio, nuestros ingresos o nuestra atención. Es compartir con quien no tiene, tanto cuando nos lo pide como cuando comprendemos que lo necesita aunque no se atreva a solicitarlo. Y no se trata de compartir bienes materiales siempre, puede ser compartir algo mucho más valioso, como nuestra atención y nuestro tiempo.
Jesús lo explica en la parábola de los trabajadores de la viña, recogida en el Evangelio según san Mateo (20, 1-16). El propietario salió a contratar trabajadores a distintas horas. Unos comenzaron al amanecer; otros se incorporaron más tarde, incluso cuando el día estaba a punto de terminar. Al llegar la hora de pagar, todos recibieron el salario que el dueño había decidido entregarles. Los primeros protestaron porque entendían que merecían más que quienes habían trabajado menos tiempo. Pero el propietario les recordó que había cumplido justamente lo pactado y que, además, era libre para ser generoso con los últimos.
Esta parábola transmite una enseñanza preciosa: Dios no lleva una contabilidad mezquina de nuestros méritos. Su generosidad con los demás no disminuye nuestra dignidad ni convierte en injusto lo que nosotros hemos recibido. También nos recuerda que nunca es demasiado tarde para entrar en la viña, ponerse a trabajar, recomenzar o dar un nuevo sentido a la vida. Aunque pensemos que hemos llegado a última hora, todavía podemos ser llamados y todavía podemos dar fruto.
Por eso, cuando veamos que otra persona recibe algo bueno, no debemos permitir que la comparación nos robe la alegría. La vida no es una fila de supermercado en la que siempre sospechamos que la de al lado avanza más deprisa. Agradezcamos lo nuestro, alegrémonos por el bien ajeno y procuremos ser también generosos.
Compartamos nuestros bienes respetando la dignidad de quien los recibe; nuestros conocimientos con humildad, sin hacer sentir pequeño a quien aprende; y nuestro tiempo con amor, porque el tiempo es precisamente aquello que entregamos y que ya no podemos recuperar.
Si cada mañana conseguimos respirar, agradecer lo que tenemos sin negar lo que nos falta, trabajar con justicia, acompañar con misericordia y compartir con generosidad, quizá no hayamos solucionado todos los problemas del mundo. Pero habremos hecho algo importante: convertir ese día en una buena etapa de nuestro camino y ayudar a que también lo sea para quienes caminan junto a nosotros.