MIRAR A CRISTO

Si Cristo, siendo el Hijo, buscaba en la oración el encuentro íntimo con el Padre, cuánto más nosotros necesitamos volver cada día a esa fuente.

Contemplar a Cristo —detenerse ante su Santa Faz— transforma el corazón. Su mirada desarma nuestras prisas, ordena nuestros afectos y nos devuelve a lo esencial. Al mirarle, comprendo que debo huir de la mundanidad: de la necesidad de aparentar, de controlar, de triunfar según los criterios del mundo.

Orar es dejar que sea Él quien lleve el timón. Su señorío no se parece al poder que conocemos: no impone, no humilla, no domina. Cristo guía sirviendo, vence amando y reina desde la entrega. Confiar en Él es descubrir que, incluso cuando no entendemos el rumbo, estamos en manos de quien conoce el puerto.

En la oración perseverante se encienden la misericordia y el amor al prójimo. Allí aprendemos a mirar a los demás no como obstáculos, rivales o extraños, sino como personas amadas por Dios, como hermanos en quienes también habita su presencia. La oración nos hace mejores discípulos porque nos vuelve más disponibles, más humildes y más capaces de perdonar. Y, en definitiva, más felices.

Cuentan que un hombre acudía cada mañana a una pequeña iglesia antes de comenzar su jornada. No sabía rezar grandes oraciones: se sentaba simplemente ante el crucifijo y permanecía en silencio. Un día, alguien le preguntó qué hacía durante tanto tiempo. Él respondió: «Yo le miro, y Él me mira».

Pasaron los años. Aquel hombre no tuvo una vida libre de dificultades, pero quienes le conocían decían que poseía una paz extraña y que siempre encontraba tiempo para el que sufría. Quizá el secreto era sencillo: quien se deja mirar por Cristo termina aprendiendo a mirar al mundo con sus mismos ojos.

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