MARTA Y MARÍA

No esperes palabras suaves en esta meditación. La finalidad es tu santidad, y el camino hacia ella exige la cruda verdad, no los bálsamos que adormecen el espíritu.

La escena es sencilla y, por eso mismo, brutalmente reveladora. La encuentras en el Evangelio de Lucas, que tienes a tu disposición.

«Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; y, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».» (Lucas 10,38−42).

En este pasaje ya Cristo nos deja una sentencia: «Una cosa es necesaria». No dos, no tres, no las mil que ocupan tu mente cada día. UNA.

Ahora, miremos tu vida con esta luz.

  1. Tu trabajo, por su propia naturaleza, es el reino de Marta. Eres una mujer un hombre de acción, de servicio, de «muchos quehaceres». Los expedientes se amontonan, las demandas deben salir, las sentencias deben ser recurridas en unos plazos perentorios, unos plazos que te ahogan. La defensa de derechos que han sido violentados es noble. La gestión o tramitación de los autos en el Juzgado necesaria para que la tutela judicial pueda producirse. Es tu campo de batalla y tu taller de santificación.

Pero aquí viene la cruda verdad: ¿Cuántas veces esa «Marta-Letrada, Gestora, Tramitadora o Auxilio, Abogado, Procuradora o Magistrado» se ha quejado a Dios, como la Marta del Evangelio?

  • «Señor, ¿no ves que no llego? ¿No te importa que esté solo con esta carga?»
  • «Señor, ¿no ves la injusticia, el papeleo, la lentitud? ¡Ayúdame a que triunfe mi causa, ayúdame a tramitar más y mejor, a resolver!»

Tu queja, como la de Marta, nace de una buena intención: el deseo de servir.

Pero Jesús te corta en seco. «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas». La corrección de Jesús no es al servicio, sino a la agitación. No es a la acción, sino a la ansiedad que nace de una acción que ha olvidado su fuente.

¿Cómo aplicar esto?

Tu Marta: Es el estudio de los casos, la actuación ante el tribunal, o la redacción de sentencias y la gestión del juzgado. Combinado además con todos tus otros deberes familiares y de amistad. Es tu deber de estado y no puedes abandonarlo.

-Tu María: Es el silencio antes de la acción. Es detenerte cinco minutos antes de empezar la jornada, no para pedir «ayuda para terminar todo», sino para sentarte a los pies del Maestro y preguntar: «Señor, ¿Qué puedo hacer por mi cliente?, ¿Qué Justicia quieres que imparta hoy? ¿Cómo puedo verte a Ti en el rostro de los litigantes? ¿Cómo puedo hacer de esta resolución o demanda un acto de amor y verdad, y no un mero trámite? ¿Cómo puedo combinar hoy mi vida personal y familiar con la de mi servicio profesional?»

María eligió la «parte mejor» porque entendió que, sin la escucha, sin el Espíritu, la acción se vuelve un activismo vacío, una fuente de estrés y, peor aún, de vanagloria. Corres el riesgo, como profesional, de creer que la justicia depende o emana de tu intelecto, de tus conocimientos, de tu poder. Y eso puede ser idolatría.  Tú eres apenas un siervo, un administrador. La parte de María recuerda tu verdadero lugar. Sin ella, tu trabajo, por justo que parezca, pierde su alma y se convierte en un gong que resuena, en un metal que aturde.

  1. El Padre/Madre y Abuelo/a: El Peligro del «Hacer» sobre el «Ser»

Aquí la trampa de Marta es más sutil y, si cabe, más peligrosa. Como padre/madre y abuelo/a, tu instinto es «hacer»: proveer, proteger, solucionar, aconsejar, organizar. Quieres darles a tus hijos y nietos un futuro, resolver sus problemas, facilitarles la vida. De nuevo, todo esto es el amor de Marta, un amor de servicio.

Pero ¿Cuántas veces tu afán por «hacer» te impide simplemente «estar»?

  • Estás físicamente presente en una comida familiar, pero tu mente sigue en el juzgado o en el despacho, «agitada por muchas cosas».
  • Tu hijo o tu nieto te cuenta un problema y tu mente de Marta salta inmediatamente a buscar soluciones, a buscar un camino o dictar sentencia sobre lo que «debería hacer», en lugar de simplemente escuchar, de acoger su angustia, de sentarte a sus pies como María se sentó a los de Cristo.
  • Tu amor se mide en lo que das (cosas, oportunidades, soluciones), pero quizás ellos anhelan lo que eres: tu presencia plena, tu escucha indivisa, tu corazón en paz.

¿Cómo aplicar esto?

  • Tu Marta: Es preocuparte por su educación, su bienestar, su futuro. Es el amor que se traduce en actos concretos.
  • Tu María: Es apagar el móvil cuando estás con ellos. Es mirarlos a los ojos cuando te hablan. Es jugar en el suelo con tu nieto sin pensar en nada más. Es escuchar a tu hijo sin interrumpirle para darle «la solución». Es ser, para ellos, un remanso de paz y no otra fuente de agitación.

Ellos no necesitan una Letrada, y Gestor o un Abogado o Procurador en casa. Necesitan una madre y un padre y un abuelo o una abuela. Alguien que, como Cristo, les ofrezca un espacio de acogida incondicional. La «parte mejor» que puedes ofrecer a tu familia no es tu capacidad para resolver problemas, sino la paz de tu corazón que has conquistado a los pies del Señor. Esa paz es el mayor legado que puedes dejarles.

Conclusión: La Única Cosa Necesaria

No te estoy pidiendo que dejes de ser Marta. Sería traicionar tu vocación. Te estoy exigiendo, como tu conciencia, que toda tu acción de Marta nazca de un corazón de María.

El problema de Marta no fue trabajar, fue trabajar desconectada de la fuente. «Sin mí no podéis hacer nada» es otra afirmación de Cristo recogida en el evangelio de Juan 15:5, donde Jesús se refiere a la importancia de permanecer unidos a él para poder llevar fruto.

Tu vida diaria debe ser una liturgia constante entre la acción y la contemplación:

  1. La oración (Tu María): Empieza el día orando, y si no tienes fe meditando. No para presentarle tu lista de tareas, sino para escucharle. «¿Qué quieres de mí hoy, Señor?». Lee el Evangelio del día, aunque tu fe sea débil te ayudara al encuentro con Dios. Permanece en silencio. Esta es la «única cosa necesaria». Si omites esto, todo lo demás será agitación.
  2. El Juzgado y el Hogar (Tu Marta): Sal a la acción, pero lleva contigo la paz de esa oración. Cuando la ansiedad te asalte («Marta, Marta…»), detente un segundo y vuelve al abrazo del Maestro. Recuerda para Quién trabajas y a Quién sirves en cada persona.
  3. El Examen (Tu María Nocturna): Al final del día, vuelve a sentarte a Sus pies. No para contarle tus logros, sino para preguntarle: «¿Señor, he estado hoy más tiempo en Betania como Marta la agobiada o como María la enamorada? ¿Mi acción ha brotado de la escucha o de mi propia autosuficiencia?».

Eres consciente de la importancia de la Acción para el cristiano. Es cierto. Pero Cristo necesita «nuestras manos para hacer su trabajo». La pregunta clave es: ¿Son las manos de un siervo que actúa por su cuenta, o las de un discípulo cuyas manos se mueven al dictado del corazón que escucha al Maestro?

Has elegido un camino de santidad en el mundo, no en un monasterio. Tu claustro es tu despacho, tu juzgado y tu hogar. Tu regla es el Evangelio. Tu superior es Cristo. Y Él te lo dice hoy con la misma crudeza y el mismo amor con que se lo dijo a su amiga Marta: deja de agitarte. Elige la parte buena. Escúchame. Y después, solo después, sírveme.

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