LA CARRETERA

Imagina que estás conduciendo por una carretera, pero no es una carretera normal. No hay arcenes, ni líneas que indiquen los carriles, ni señales que adviertan de lo que viene en la siguiente salida. Tampoco hay límites de velocidad.

Es como si alguien hubiese asfaltado el camino y se hubiera olvidado de todo lo demás. Además, no sabes a dónde te llevará. Te sientes más perdido que un daltónico armando un cubo de Rubik.

Además, conduces por esa carretera atravesando cruces sin señales. Cada uno puede adelantar límites o atravesarse en el cruce si cree que tiene preferencia sobre ti. Es un caos. No conduces relajado. Estás en tensión, pero no sabes cuándo puedes parar, pues tampoco hay un indicador de a dónde te lleva.

Este sentimiento, en mayor o menor medida, lo tienen muchas personas. No solo gente desesperada, deprimida, estresada, angustiada, gente que no sabe por dónde tirar, a dónde ir, qué hacer con su vida, que no sabe cuál es su camino. Lo que es peor, gente que conduce buenos coches, que tiene trabajos que les permiten vivir holgadamente, adolescentes y adultos que aparentemente están sanos.

Pero al igual que en esa carretera sin señalización, entrar en una rutina de vida sin saber hacia dónde lleva ni hasta cuándo pueden mantenerla, o ni siquiera para qué la mantienen.

En la vida también necesitamos señales claras y límites. Si no hay límites, no hay respeto ni hacia los demás ni hacia uno mismo. La consecuencia es clara: si no pones tus propias líneas, la vida te las terminará poniendo de una forma mucho menos amable.

No se trata de controlar a los demás o de poner restricciones innecesarias. Se trata de guiar. Como las señales en una carretera, no están ahí para molestarnos, sino para ayudarnos a llegar a un destino, y de forma segura, disfrutando de la conducción.

A veces son nuestros propios principios los que nos sirven de guía. Otras veces son personas a nuestro alrededor que nos muestran el camino con su ejemplo o su consejo. Pero lo importante es tener esa brújula, esa hoja de ruta, que nos indique: «Por aquí vas bien, por aquí no, aquí puedes adelantar, aquí no».

No solo los adolescentes, también los adultos necesitamos saber dónde nos lleva nuestra carretera.

Jesucristo nos dejó unas indicaciones de cómo conducir nuestra vida por su Camino. Deja que Cristo te acompañe en tu viaje. Vive humildemente, y sé humilde. Dale una trascendencia a tu sufrimiento. Sé justo, y busca la justicia para los demás. Siente que las personas, que te acompañan o se cruzan en tu vida, también tienen derecho a ser felices. Vive con un corazón limpio, sin malicia. Trabaja por la paz. Sé misericordioso. Y pase lo que pase, permanece con Cristo, en la oración, aunque te insulten, injurien o calumnien.

Si regulas tus pensamientos y emociones por la vía Cristiana, creo que encontrarás un gran sentido a tu viaje, desearás su destino, sentirás paz, y creo que acabarás viviendo plenamente como realmente deseas.

Un abrazo, amigo peregrino que lees esto, y ¡Ultreya!

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