APLICACION DEL EVANGELIO EN LA VIDA COTIDIANA

Hay un gesto que hacemos todos al llegar a casa por la noche, casi sin darnos cuenta. Vaciamos los bolsillos sobre la cómoda o sobre la mesa de la entrada: las llaves, el teléfono, unas monedas, la tarjeta del metro, etc. Al día siguiente volvemos a llenar los mismos bolsillos.

El Evangelio nos propone un hábito que puede ayudarnos en nuestro día a día:

«El Reino de los cielos se parece a la red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y recogen los buenos en cestos y tiran los malos».

En esta parábola lo primero que conviene entender es que la red no elige. Se echa al agua y recoge lo que pueda: algún pez comestible, los que no valen, algas, una botella de plástico etc. Así es exactamente un día cualquiera. Uno no decide qué le va a caer dentro. Amanece con la intención de que sea un día bueno y le llega una llamada que le alegra la mañana, y también un atasco, y también una palabra de alguien que le duele más de lo que está dispuesto a reconocer, un gesto pequeño de alguien que no conocía o una noticia que no quería recibir. Todo junto. Todo en la misma red.

Pero un detalle importante: los pescadores en la propuesta se detienen, paran, y seleccionan  lo que realmente se quieren quedar de lo que la red ha recogido.

En la propuesta, los pescadores tiran la red cada día, porque una red que no se usa, se pudre, se acaba perdiendo. Pero no se quedan con todo lo que les trae.

Conviene, eso sí, precisar qué significa seleccionar y recoger lo que interesa. No significa negar lo que ha dolido, ni fingir que el día fue mejor de lo que fue. Eso no es discernimiento, es anestesia, y dura poco. Significa otra cosa más fina: distinguir entre guardar la lección y guardar la herida. La lección se queda en el cesto, porque sirve para mañana. La herida, si la conservamos abierta como provisión, solo sirve para envenenar la despensa. Con qué alimentamos el corazón lo decidimos nosotros, y lo decidimos cada noche, en esos pocos minutos en los que nadie nos ve.

Durante el día vamos vendados, porque caminamos deprisa, actuamos.  Normalmente, es al final del día, cuando nos relajamos y nos quedamos solos con nosotros mismos, cuando mejor podemos analizar el día tal como fue.

Dos preguntas bastan.

La primera: ¿qué ha merecido la pena hoy? No hay que buscar acontecimientos. Casi nunca los hay. Merece la pena la conversación de diez minutos con quien no esperábamos encontrar, la comida hecha con cuidado, el trabajo que salió bien y que nadie va a elogiar, el rato en que fuimos pacientes cuando teníamos todos los motivos para no serlo. Eso es lo que hay que sacar de la red y poner en el cesto, y agradecer por haberlo podido coger.

La segunda: ¿en qué me he equivocado? Aquí conviene un aviso, porque este ejercicio se estropea con mucha facilidad. No se trata de instruir una causa contra uno mismo, ni de dictar sentencia todas las noches. El que se examina para condenarse acaba abandonando el examen, y hace bien, porque eso no era examen sino tortura. Se trata de mirarse con la misma verdad y benevolencia con que miraríamos a nuestro hijo que nos contara lo que le preocupa, que vemos su fallo, pero seguimos queriéndole incondicionalmente. Reconocer el error, pedir perdón —a Dios y, si hace falta, a quien sufrió nuestro comportamiento y proponerse no repetirlo mañana. Nada más. Cinco minutos. Y a dormir. Perdonándote a ti mismo con la decisión de no volver a cometer el error

Un examen así no quita el sueño. Lo devuelve.

La propuesta del pasaje del evangelio termina con una comparación preciosa: el discípulo se parece «a un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo«.

Lo antiguo es todo lo que ya hemos vivido y hemos superado o nos ha valido. Esas tormentas de las que hemos salido, esa formación que  nos dieron. Nadie construye nada de pie sobre el vacío, y quien reniega de su pasado suele acabar teniendo que inventarse uno peor.

Pero esos conocimientos y sentimientos positivos del pasado se convierten en meras antiguedades de museo si nos los renovamos y los utilizamos en nuestro presente, proyectandolo en lo nuevo de nuestro camino espiritual.

De ahí que las tres cosas ( clasificar, examinar y tener en cuenta lo que llevamos en nuestra mochila expiritual ) sean en realidad una sola. Se clasifica la red y se hace el examen precisamente para llegar limpio a mañana.

Porque hoy es el único día que tenemos de verdad. El de ayer ya está clasificado, para bien o para mal. El de mañana no nos pertenece todavía, y puede que no nos pertenezca nunca. Solo este, el que está pasando ahora mismo mientras se lee esto, está enteramente en nuestras manos, y es en el hoy cuando tenemos que decidir con que nos quedamos.

Conclusión: el evangelio nos propone un examen de conciencia diario, que podemos estricturar en seis preguntas, dos de pasado, dos de presente y dos de futuro.

De pasado: ¿Hoy he tirado la red?. ¿ La he tirado como discipulo?

De presente: ¿Que he pescado hoy que me sirva?. ¿Que he pescado que tiro?

De futuro: ¿Donde voy a tirar la red mañana?. ¿Que me gustaría recoger?.

Leave a Reply

Your email address will not be published.Required fields are marked *