“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5).
- Seremos llamados Hijos de Dios
El nacer no depende de nosotros, pero el ser hijos de Dios sí depende de nuestro actuar. Primero, a través del bautismo. Para ver el Reino de Dios, tenemos que nacer de lo alto, nacer del agua y del Espíritu, como Jesucristo le dijo a Nicodemo en el Evangelio según San Juan.
Trabajar por la paz nos hace imitar a Cristo, Príncipe de la Paz. Y seremos llamados hijos de Dios, no solo en la vida eterna, sino también en esta vida terrenal.
- Pacificadores, no solo Pacíficos
No se nos pide que seamos meramente pacíficos, sino pacificadores, es decir, que actuemos para promover la paz. Esa acción puede ser tanto activa como por omisión, buscando siempre la armonía.
- La Paz de Cristo no es la Paz del Mundo
La paz de Cristo va mucho más allá de lo que el mundo entiende por paz. Es un estado del ser que se alcanza a través del amor de Dios. Jesucristo dijo: “El que me ama, guardará mis palabras; mi Padre lo amará, vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14). Esa paz no depende de las circunstancias externas; se puede mantener incluso en la pobreza, la enfermedad, o en medio del dolor y la alegría. San Agustín define la paz de Cristo como la «tranquilidad del orden», un estado donde todo ocupa su lugar según la voluntad divina.
- ¿Cómo Trabajar por la Paz?
La mejor manera de trabajar por la paz es vivir el Evangelio en uno mismo, sintiendo a Dios con nosotros. Esto implica la oración y la formación, además de disciplina y hábitos personales que nos lleven a ser la mejor versión de nosotros mismos. De este modo, podemos inspirar y contagiar nuestra paz a quienes nos rodean.
Siempre debemos actuar con humildad, respeto hacia las circunstancias y creencias de los demás, y con compasión, especialmente a través de la caridad. Esto significa ser instrumentos de Cristo en el servicio y el amor hacia los demás, con paciencia y sin esperar recompensas. La paz de Cristo no se impone, pero sí se puede inspirar.
En un mensaje del 2002 por el Día de la Paz, Juan Pablo II identificó dos pilares esenciales para la paz: la justicia y el perdón. La justicia promueve la distribución equitativa de bienes y deberes, y salvaguarda los derechos y la dignidad de cada persona. La paz complementa a la justicia, no se contrapone a ella. El perdón, por otro lado, se opone a la venganza y al rencor, y es fundamental para alcanzar la paz. Requiere valentía y, a largo plazo, libera del odio y del rencor, permitiendo alcanzar la verdadera paz.
Cristo nos enseñó el perdón desde la cruz, y en la oración del Padre Nuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. La venganza puede parecer gratificante a corto plazo, pero nunca es positiva para la paz.
- El Servicio como Juez y la Paz en el Ámbito Judicial
En mi servicio como juez especializado en asuntos de familia y tutela de menores, primero en el Juzgado de Violencia número 8 de Madrid y ahora en el Juzgado de Familia número 27 de Madrid, siempre intento aplicar valores cristianos para buscar la paz en los conflictos familiares. Considero que una sentencia contenciosa no siempre resuelve el conflicto, y muchas veces solo lo agrava.
De los casos que llegan al juzgado, un 40% lo hace con un convenio ya acordado, mientras que el 60% restante son contenciosos, de los cuales un 10% resultan particularmente conflictivos. Entiendo que, en el caso de los conflictos de familia, las sentencias contenciosas no siempre ofrecen una solución satisfactoria. Suelen crear frustración y alargan el conflicto por el sistema de recursos. Por eso, busco promover la colaboración entre los abogados de las partes para encontrar una solución consensuada por sus clientes en los que baso mi posterior resolución judicial, especialmente cuando hay menores involucrados. Con el tiempo, hemos logrado que un 80% de los casos contenciosos de los que conoce el Juzgado terminen de esta manera.
Por ejemplo, en el caso de unos padres divorciados con una hija adolescente bajo la guarda de la madre con la que convive en la que era la vivienda familiar de la extinta sociedad de gananciales, y desea vivir con su padre, que vive en otra vivienda alquilada, por desavenencias habituales con su madre, una sentencia contenciosa podría haber llevado a más conflictos y a una apelación, que alargaría en el tiempo el litigio. Sin embargo, la colaboración entre los abogados permitió que ambas partes alcanzaran un convenio por el que la hija pasó a vivir con el padre, manteniéndose el uso de la vivienda familiar para la madre hasta la liquidación efectiva de la sociedad conyugal por la que se capitalizarían ambos progenitores, y se posibilitaría adquirir a la madre otra vivienda propia y el mantenimiento de la relación con la hija en la forma que acordara con esta respetando las normas de convivencia del padre como progenitor custodio. De esta manera, se evita una escalada en el conflicto, se promueve la paz familiar, se minimiza el desgaste moral por la victimización procesal, y se reduce la pérdida patrimonial de los ahorros de esa familia, facilitando que un futuro, la relación de ambos progenitores con la hija mejore.
